13 may. 2016

La habitación escondida



Twilight in the nursery (Jacek Yerka)




No era la primera vez que Carla se preguntaba que había tras la puerta que estaba al final del pasillo… La puerta amarilla, como la llamaba ella, pues al no abrirse nunca, y al ser ignorada por el resto de la familia, la madera había adquirido un sucio tono amarillento que delataba su inutilidad.
Pero a Carla no le extrañaba que nadie hiciese caso a la puerta amarilla, pues se encontraba en el último piso de la casa, al final del  largo corredor  que conducía a las escaleras de la buhardilla.
La vieja puerta estaba enfrentada a los peldaños que ascendían a la habitación abuhardillada,  donde su hermano y ella solían jugar al escondite, y cuando subías desde el piso de los dormitorios, podías elegir entre ir a la buhardilla o ir a la puerta amarilla, pero ¿Quién querría abrir esa puerta? Se preguntaba Carla, pues le parecía fea y estrecha, y pensaba que nada interesante podía haber detrás… Aun así, la pequeña Carla era una niña, y como tal, era difícil que no sintiese curiosidad…
Marcos, su hermano mayor, tampoco hablaba de la puerta. Ni siquiera la miraba. Pero no era por miedo o porque alguien le hubiese contado oscuras historias sobre ella, sino simplemente porque pensaba que no había más que escobas, productos de limpieza  y los sacos de pienso de Mona, la gatita blanca que habían adoptado sus padres el pasado verano.
De esta manera, la puerta amarilla había pasado a la más absoluta ignorancia, y era este el efecto que la madre de Marcos y Carla quería conseguir… Que nadie preguntase que había detrás de la puerta del pasillo que llevaba a la buhardilla.
Ni siquiera Daniel, su marido, tenía ya interés en aquella puerta olvidada. Preguntó por ella al mudarse allí por primera vez, pero como la casa era una herencia de su mujer, y ella le había dicho que era un cuarto de escobas en el que solían anidar los ratones, Daniel dedujo que permanecía cerrada para evitar que los roedores anduviesen por la casa.
Pero Carla tenía solo cinco años, y esa temprana edad la imaginación es la herramienta más poderosa que tiene un niño, y aunque su madre también había sido infante, desgraciadamente ya no recordaba lo que ello implicaba…

Era el primer verano que pasaban en la casa. El canto de las chicharras adornaba un paisaje seco y mustio, que se había  marchitado por la ausencia de lluvia durante casi todo el invierno.  
Hacía demasiado calor en la buhardilla, y a Carla no le apetecía jugar al escondite, así que, dejó a su hermano solo y se dispuso a bajar las escaleras, en busca del frescor de las habitaciones.
Mientras descendía los estrechos peldaños, la niña pudo ver como la puerta amarilla, que permanecía medio oculta en la penumbra,  estaba levemente entreabierta… Un pequeño resquicio casi imperceptible, pero que a Carla, tan acostumbrada a verla cerrada, se le hizo evidente.
No sin cierta inquietud, la pequeña se acercó a la puerta poco a poco, como si no tuviera prisa en desvelar el misterio que aguardaba detrás del color amarillento de aquella vieja madera.
Cuando estuvo cerca, alzó la mano y empujó muy despacio la puerta, que chirrió al abrirse como si se quejase al notar que la movían.
Una tenue luz artificial iluminó el rostro de Carla, que tuvo que entornar los ojos para apaciguar el contraste de la oscuridad; pero no tardó en acostumbrarse, pues el leve resplandor se suavizó al fundirse con las sombras que llegaban del pasillo.
Ante ella había una habitación de unos veinte metros, adornada toda ella con motivos infantiles: peluches, pequeñas estrellas luminosas en el techo, un viejo caballo de madera en forma de balancín… y al lado de una pequeña ventana, descansaba una cuna vacía que por un momento pareció moverse sola… pero Carla no supo si se lo había imaginado.
La niña no supo interpretar qué significaba aquella habitación, y por qué su madre había mentido diciendo que solo había escobas y ratas detrás de la puerta amarilla.
Se sintió confusa, y por un momento pensó en correr para enseñarle el hallazgo a su hermano, pero prefirió quedarse a observar los detalles en los que aún no había reparado.
De repente, una voz familiar llegó hasta sus oídos en forma de suave melodía. Era una canción… Una letra infantil que ella conocía muy bien.  
Tardó un rato en darse cuenta de que era la voz de su madre, y de que la nana que estaba escuchando, era esa que siempre le cantaba antes de quedarse dormida.

Carla no habló con nadie de su hallazgo, ni si quiera se atrevió a preguntar a su madre por el significado de aquella misteriosa habitación infantil.
Sin embargo, varios años después, cuando la niña ya no era tan niña, sintió la necesidad de volver a abrir la puerta amarilla, y de comprobar si la estancia secreta seguía estando allí, tal y como la vio años atrás.
Pero para su sorpresa, cuando se volvió a enfrentar a los viejos tablones descoloridos de la estrecha puerta, descubrió que tras ella no había más que un pequeño cuarto de escobas y productos de limpieza…
Carla nunca supo si lo que vio fue real o fue producto de la imaginación de una niña de cinco años…


10 sept. 2015

La reflexión


Imagen de internet



Ella lo miró con tristeza, casi con compasión, y antes de abrir la puerta para marcharse dijo:
-Tienes suerte de que Ándros sea tu padre.
Max dibujó una sonrisa en su delgado rostro. Una línea sarcástica en sus labios que acompañó con un lento parpadeo.
-¿Por qué? ¿Crees que es un padre ejemplar?
Los ojos de la mujer se humedecieron, aunque solo ella pudo notarlo.
-… Porque sigue vivo. – contestó, marchándose después mientras cerraba la puerta tras de sí.
Max no tuvo tiempo de replicar, y de haberlo tenido, no habría sabido qué decir.
Después miró hacía la camilla donde se encontraba su padre, que, haciéndose el dormido, pudo escuchar la conversación entre su hijo y la joven alumna que había ido a visitarle: Marga.
Pero lo que él no sabía es que Marga, que asistía puntualmente a sus clases de literatura, había perdido a su padre hacía ya diez años.

Marga no sabía si Ándros era un padre ejemplar o no, y pensó que aquello no importaba, que lo único que valía la pena es que siguiera vivo, y que su hijo pudiera abrazarlo de nuevo.
Aquello le tocó el corazón, pues Ándros le recordaba a su padre, y quizá por eso sentía un cariño especial hacia aquel hombre al que apenas conocía.
Su padre no tuvo otra oportunidad y Ándros sí, y por eso, Max debería sentirse afortunado.
Pero Max no tenía la relación que Marga tuvo con su padre, y a veces, el amor, es difícil de mostrar, pues un solo paso puede separarte  de él.

Ándros, que seguía haciéndose el dormido, se preguntó si su hijo había ido a verlo por obligación, o si realmente quería estar allí, a su lado, viendo como la decrepitud de la vejez empezaba a pasarle factura.

Pero el caso es que todo aquello daba igual. No importaba si Max quería a su padre o no. Lo único que tenía relevancia, pensó Marga, es que Max tenía otra oportunidad para estar con su padre.


15 abr. 2015

La fórmula de la realidad


Imagen de internet


¿Qué es la realidad? ¿Quién puede describirla? ¿Alguien la ha encontrado?

Sentado en una sencilla cama de muelles, ubicada en el centro de una fría habitación, se encontraba Carlos.
Carlos era un hombre joven, atractivo cuando se encontraba bien y no sufría ataques de pánico. Era alto, con el pelo siempre despeinado y un brillo de tristeza en sus ojos que nunca desaparecía… Ese era su “sello”, pues en el centro le conocían como “el ojos tristes”.
No era un hombre especial, no despertaba demasiado interés en la gente y no solía llamar la atención. Era tan solo uno más en aquella comunidad humana de la que tristemente formaba parte desde hacía varios meses.
Carlos se hacía muchas preguntas, preguntas tormentosas de las que intentaba, en vano, encontrar una respuesta. Pero ¿Quién no se hacía preguntas alguna vez? Solía pensar él ¿Tan extraño resultaba? Quizá sí, porque, esta sociedad no estaba hecha para hacerse preguntas.
Cuando la mente de Carlos pensaba, entraba en una turbulenta lucidez que en ocasiones le hacía sentir miedo, miedo a encontrar una realidad que todo el mundo desconocía. Por ese motivo, se negaba a creer que existiese una única realidad, pues ¿No era la realidad una percepción? ¿Una imagen construida al gusto de cada uno?
Eso era lo que solía preguntarle a su médico, pero su médico no tenía una respuesta, pues él aún estaba lejos de entender nada, ya que su mente, como la de la mayoría, solo veía lo que tenía ante sus ojos.
Carlos quería encontrar a alguien que le ayudase a encontrar la fórmula de la realidad, y por eso solía pasear por los jardines del centro preguntando a todo el mundo si quería marcharse con él a buscar la realidad. Siempre le decían que no, y Carlos, incapaz de hacer ese viaje solo, se derrumbaba en su tristeza.
Sin embargo, un día, entró en el centro una nueva enfermera que cubría el turno de la mañana, justo antes de la comida del medio día.
Era una mujer joven, no muy guapa, pero con una gran sonrisa que le hacía muy atractiva. Se llamaba Miranda y se hizo amiga de Carlos en pocos días.
Una de esas mañanas, en la que el sol brillaba de una forma especial, Carlos le preguntó si quería ir con él a buscar la realidad.
Miranda le miró sonriente, le agarró de la mano y le susurró al oído:
Querido Carlos, ya la has encontrado.
Y desde entonces, Carlos, dejó de sufrir ataques de pánico y dejó de estar triste, pues supo entonces que la irrealidad se encontraba en los demás.

23 ene. 2015

Un ángel posado sobre mi hombro


Alexis


Sin quererlo, sin saberlo, se ha dejado caer del cielo un pequeño trozo de estrella que volaba libre entre infinitas galaxias de lejanos paisajes espaciales.
Un pequeño hombre, de gran corazón y de valiente espíritu, camina ahora por un mundo tan maravilloso como hostil, por tierras tan vivas como ruinosas, por experiencias tan dulces como amargas.
Un hombre, un protector, un ángel que aún guarda los secretos de la vida y los misterios de la muerte, pero que con el tiempo, como nos sucede a todos, perderá ese conocimiento para dejarlo enterrado en algún lugar de su inquieta mente.
Un poeta, un pequeño poeta qué llenará su vida de bellos versos que recitará para el mundo, pues el mundo le ha estado esperando y está listo para escucharle.
Abrazado a mi cuerpo y con su cabeza posada sobre mi hombro, me pierdo en la mirada de unos ojos azules que reflejan toda la sabiduría de quien aún no sabe nada.

Es el espejo de un ángel, un pequeño ángel que, caído del cielo, ha venido a parar a mis brazos, para que, más que enseñarle yo, puede enseñarme él a mí. 

17 sept. 2014

Paseo de otoño



Las hojas no cesan de crujir bajo el peso de mis pies descalzos.
Hace frío, y la humedad de la lluvia recién caída rocía aún más el ambiente. Pero no me importa, la sensación de caminar bajo el manto de un bosque que acaba de entrar en el otoño es indescriptible, extraordinaria. Es el comienzo, quizá, de la estación más especial del año.

Mientras el canto de los pájaros empieza oírse de nuevo, una vez despejado el  chaparrón torrencial, paseo por entre los árboles que compiten por alcanzar un lugar cercano al sol, un trozo de cielo que les asegure el calor del gran Astro, y que ilumine sus ramas para bañarlas de color dorado.

El olor a tierra mojada impregna mis fosas nasales, dejando una agradable sensación de serenidad y de paz que deleita aún más el camino hacía ningún lugar, sin destino, solo buscando la esencia de un bosque encantado, teñido de hojas marrones, amarillentas y rojas que cubren un estrecho sendero natural.

Al final del camino hay un viejo banco de madera esperando a que alguien quiera descansar en él. No lo dudo, su invitación es apetecible y decido sentarme, no para reposar mi paseo, sino para sumirme aún más en la belleza otoñal de una arboleda recién rociada por la lluvia.

Cierro los ojos y la relajación es lo único que siento.