8 jul. 2010

El alma del Almendro

Van Gogh

La gente cree que no siento las cosas, que no observo lo que sucede a mí alrededor, que no lloro cuando estoy triste, o que no río cuando estoy contento.
No lo saben porque piensan que bajo mi aspecto inmóvil y robusto no hay nada. Creen que estoy hueco de alma y vacío de corazón, que la vida y el dolor no forman parte de mi ser. Creen que carezco de pensamiento, de valores y de sentimientos.
Pero no les culpo por ello, al fin y al cabo, jamás serán capaces de ver más allá de esta vida que Dios, la naturaleza, el destino, o como quiera que se llame, me ha dado.
Sin embargo, bajo este tronco de corteza robusta; bajo estas ramas que se retuercen en busca del sol; bajo estas raíces que escarban la tierra, y bajo mis pequeñas florecillas de color rosa, se esconde el alma con el corazón más grande que uno pueda imaginar. Lo triste es que sólo yo lo sé, yo, y los seres vecinos cuyas raíces comparten suelo con las mías.
Ni siquiera tengo un nombre, aunque la gente que pasea a mí alrededor suele llamarme almendro, pero no tengo un apodo que me diferencia de mis hermanos, y eso me entristece mucho porque me hace pensar que las personas nos ven a todos iguales.

La verdad es que no recuerdo cuanto tiempo llevo aquí, quizás años y años, no lo sé…, pero me gusta mi casa, a pesar de ser un paisaje perpetuo e inmóvil, cada día veo cosas diferentes.
Mi hogar es un parque de praderas verdes y estanques cristalinos, de pequeños animalillos y grandes árboles de diversos tipos y alturas.
A veces vienen ardillas a refugiarse entre mis ramas cuando la lluvia encharca el parque, o a comerse mis almendras cuando mis florecillas rosadas se transforman en ellas. Pero no me molesta, es más, me siento útil y necesario, y he de añadir que las ardillas son grandísimas amigas.
En fin, así es mi vida. A veces algo aburrida y monótona, pero aprendo mucho observando todo lo que sucede a mi alrededor, y sobre todo, aprendo mucho de los hombres. Son crueles, si, y en ocasiones actúan de manera incomprensible para mi, pero resultan tan interesantes que no puedo evitar el escuchar sus conversaciones.
Normalmente vienen por las tardes, cuando el sol aún calienta pero no quema. Se sientan bajo mi regazo a leer un libro o bien para simplemente pensar, y sonrió a mi manera cuando el viento me trae delicadamente sus inquietudes más profundas, sus miedos y sus ilusiones. No es que lea el pensamiento de la gente, no, es sencillamente la suerte de formar parte de la naturaleza. Estamos en absoluta armonía y nos ayudamos los unos a los otros. En mi caso, el viento y yo somos viejos compañeros. El me trae los pensamientos de la gente y yo, a cambio, le dejo juguetear con mis flores; es una simbiosis.
Como explicaba, me resulta curioso escuchar esas ideas tan dispares que se acumulan en la cabeza de las . En general son cosas mundanas y sin mucho interés, pero a veces descubro que hay personas que no parecen ser de este mundo, y me gusta que vengan a meditar bajo mis ramas pues me dan una gran cantidad de información. Disfruto mucho, sin duda.

Y así paso mis horas, jugando con el viento mientras investigo dentro del alma de la gente. Pero no todo es siempre tan hermoso, en ocasiones ocurren cosas terribles que cambian tu vida para siempre y que nunca imaginas que van a suceder.
Fue una calurosa noche de verano. Un hombre cuyo semblante rebosaba tristeza y nostalgia, acudió a mi tronco para despejar su mente y poder llorar a gusto. Recuerdo que se encendió un cigarro y se lo fumó lentamente, como si quisiera que el tiempo no pasara. Pero por desgracia, cuando acabó con aquella barra de nicotina, la tiró sin más al césped y se fue sin darse cuenta de lo que estaba apunto de desencadenar.
En seguida apareció el fuego como un espectro destructivo que se abría paso a través de la noche.
El viento dejo de soplar para no ayudar al fuego en su avance, pero no sirvió de mucho, pues este tenía mucha fuerza y ganas de seguir a delante.
Intenté hablar con las llamas pero ellas no podían entenderme ni escucharme, pues se mueven en un idioma diferente, por así decirlo, y ellas solo cumplen con su misión que es quemar.
Pronto me vi envuelto en ellas sin poder hacer nada. El dolor era insoportable y mis gritos se unían a los del viento, que había empezado a soplar de nuevo con la esperanza de llevarse el fuego a otro sitio. Mi corteza empezó a desquebrajarse y mis flores se carbonizaban en polvo negro y sucio.
Todo dejó de tener sentido para mi…
Por fortuna, una de estas personas que no parecen de este mundo, alertado por las llamas, llamo a los bomberos que enseguida se hicieron presentes con sus mangueras a presión y su habitual preocupación por extinguir el fuego.
El agua pues, me salvo la vida, o lo que quedaba de ella, y pude agradecérselo dejando caer en su charco la única florecilla rosa que me quedaba.
Ahora ya no soy hermoso y la gente ya no viene a sentarse en mi regazo. Lo entiendo, pues estoy negro como un tizón y débil como una hoja en otoño. Lo que no entiendo es como es posible que los hombres no se den cuenta de lo que hacen, que no entiendan sus propias acciones y ni siquiera les preocupen, que de entre esos pensamientos que tanto leo, no exista ninguno dedicado a nosotros, a la naturaleza…
¿Por qué? ¿No somos nosotros los que les damos vida? ¿No somos nosotros los que les permitimos vivir en este planeta?
En fin, para que preocuparse. Ya llegará el día en el que se darán cuenta de todo esto, y para entonces, será demasiado tarde…

5 comentarios:

Silvia Meishi dijo...

Este relato lo escribí hace bastante tiempo. Me propuse no publicar relatos antiguos, sólo los que voy escribiendo actualmente, pero hace un par de noches lo releí y me gustó el mensaje que quise dar en su momento.
Espero que os guste :-)

FRANK RUFFINO dijo...

Estimada escritora:

Me llenó de emoción tu relato por su fina sensibilidad ambiental. Eres sin duda alguna vocera de los callados, de lo frágiles... ante la barbarie humana.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

Silvia Meishi dijo...

Estimado Frank:

Gracias por leer mi relato. Me emociona que te haya gustado y que haya despertado tu sensibilidad.

Un fuerte abrazo

Francis G. Vergara dijo...

Tu relato puede ser de hace tiempo y sin embargo es de rabiosa actualidad. Dejando al margen el importante mensaje ambiental y que todos deberíamos tener presente en nuestras mentes, mejor dicho en nuestra educación, tocas una de las teorías filosóficas mas antiguas de nuestra existencia:EL ALMA.

Ya Sócrates, San Agustín y Santo Tomas, hablaron de esta importante cuestión: el alma como principio de vida, diferenciando tres tipos,INTELECTIVA para el hombre, SENSITIVA para los animales y VEGETATIVA para las plantas. Incluyendo la intelectiva a las otras dos, y la sensitiva a la vegetativa. Un abrazo.

Al día de hoy y a mi modo de ver, las teorías de nuestra época acuariana, que tanto nos hablan de enegias y de la sensibilidad de la tierra como ser vivo, de lo que sufre y se resiente a través de las catástrofes naturales, nos demuestran como todos somos uno, con diferentes niveles de conciencia. Vibramos en un espacio infinito, donde todos somos capaces de percibir, TODOS, y como bien dices: LAS PLANTAS TIENEN ALMA, capacidad de sentir.

Stefy Bambú dijo...

MUy bonito,Silvia!!
Muchas veces lo hablamos... De todas formas aunque creamos que el ser humano poco a poco evoluciona auqnue sea muy despacito. Podemos agradecer que ya haya mucha gente que se preocupa por la naturaleza...aunque aún quede mucho. Como digo siempre, todo es cuestión de educación y formación.
Me gusta mucho, tus relatos siempre tienen algo de bucolico que me encanta, tienes tu estilo propio. Pobre Almendro!! si fuese real me iba ahora mismo a sentarme bajo sus ramas ennegrecidas!!! muaaaaaaaa