15 jul. 2010

El escondite de Mitsu

Charles Wysocki (1928 - 2002)

Me costó abrir la puerta. La llave se resistía a girar dentro de aquella cerradura vieja y deteriorada, y mis hábiles movimientos de muñeca, no conseguían romper su hermetismo.
Afortunadamente, la virtud de la paciencia, me permitió encajar la llave con un suave “clic”, y pude al fin empujar la robusta puerta para encontrarme con un fuerte olor a cerrado.
Sin embargo, aquel desagradable comienzo, se convirtió en algo secundario cuando entré en el recibidor y vi la nobleza de la que estaba rodeada.
Era un piso muy grande, gustosamente amueblado, y a pesar de que el polvo se había hecho dueño de todas las estancias, se respiraba elegancia entre aquellas paredes.
La casa se encontraba en una exclusiva comunidad de pisos antiguos de lujo, y el dueño era el señor Salvatierra, un anciano viudo que llevaba varios meses viviendo en la residencia en la que yo trabajaba. Al no tener familiares cercanos, y ver en mi cierta confianza, me pidió que le trajera algunos libros de su biblioteca personal.
Antes de adentrarme en la casa, decidí que sería mejor buscar el cuadro de la luz y despojar a las habitaciones de la oscuridad que las atrapaba.
Un largo pasillo se iluminó con un suave parpadeo. Parecía no tener fin, y estaba decorado con grandes cuadros, muchos de ellos, impresionistas. Sospeché que más de uno podría tratarse de un Monet o de un Renoir autentico.
Fue entonces cuando oí el cascabel. Un lejano “tilín”, similar al de una pequeña campana, hizo eco en algún lugar del piso.
Me quedé un instante quieta, con la esperanza de oírlo de nuevo, pero no hubo suerte. El silencio fue lo único que parecía estar allí.
Me interné en las entrañas de la casa, y la primera estancia que descubrí fue la concina. Recuerdo que era muy espaciosa, con mucha luz, y daba a una terraza cuya puerta estaba cerrada con llave.
De repente, el suave “tilín” de un cascabel volvió a oírse de nuevo, pero esta vez, parecía estar más cerca. Sonaba como si se estuviera moviendo…
Mire al final del largo corredor sin encontrar nada extraño ¿Qué podría ser? En aquel momento, me invadía la curiosidad.
-“tilín”…”tilín”…
El cascabel se movía ahora muy rápido y podía oírlo con mucha intensidad, sin embargo, no veía nada…
Abandoné la cocina y continué caminado por el extravagante pasillo, cuyos cuadros impresionistas acaparaban mi atención sin quererlo. Llegué al salón principal, una gran estancia repleta de muebles antiguos y cubierta por tres grandes alfombras que se me antojaron demasiado clásicas.
El cascabel había dejado de oírse. El silencio, reinaba de nuevo en el piso del señor Salvatierra.
Entonces, como si de una exhalación se tratara, una sombra menuda atravesó el salón, mientras el “tilín” acompañaba su rápido movimiento.
El corazón me empezó a latir con fuerza. Ya no sentía curiosidad…
Algo rozó mi pierna… Di un exagerado respingo y me sacudí todo el cuerpo como si un demonio me hubiera poseído. Quería quitarme aquello que me había contaminado. Cuando recuperé el aliento y la cordura, me encontré bajo la mirada de un gato siamés sentado a unos pocos metros de mí. Permanecía tranquilo, emitiendo un suave ronroneo, y de su collar colgaba un cascabel junto a una placa dorada en la que se leía “Mitsu”.
Me sentí avergonzada y traté de disimular mi actuación atusándome el pelo, pues, aunque solo el gato me había visto, no pude evitar ruborizarme.
- Hola – Susurré mientras alargaba la mano para acariciarlo - ¿De dónde sales tú?
El señor Salvatierra no me había dicho que tuviera un gato, y me resultó muy extraño que viviera solo en casa, sin nadie que lo cuidara. El piso llevaba vació más de seis meses…
El minino, cuyo nombre era Mitsu, olisqueó mis dedos con cierta precaución, manteniendo siempre la distancia. Me reconoció durante unos segundos, y luego se fue contoneando su gracioso cuerpecillo.
Después de haber descubierto el origen del misterioso cascabel, me centre en el menester que me había traído hasta allí: encontrar la biblioteca y coger dos libros que me había encargado el señor Salvatierra.
Dispuesta a ello, fui adentrándome cada vez más en el piso, descubriendo sus secretos, los gustos de sus dueños. Era como una pequeña aventura y me sentía emocionada.
En la lejanía seguía escuchando el cascabel de Mitsu, pero ya no lo prestaba atención. Formaba parte del sonido de la casa.
La biblioteca estaba casi al otro lado del largo pasillo principal. La encontré después de recorrer dos dormitorios y una salita de estar, y me sentí mejor cuando descubrí que piso del señor Salvatierra tenía fin.
No pude sentir sino envidia, al ver aquella colección de libros antiguos sostenidos por elegantes estanterías, e incluso puede distinguir una edición de 1911 de la enciclopedia Británica. Era espectacular. Sólo entre libros y cuadros, allí había una fortuna.
Buscando los libros que me había encargado el anciano, tropecé con los ojos de Mitsu, que me miraban entornados desde el rellano de la puerta. Permanecía inmóvil, observándome…
Seguí con mi tarea sin hacer caso al felino. Sacaba un libro, lo hojeaba, lo volvía a dejar, cogía otro… Así hasta encontrar el primero de ellos: Antología poética de Antonio Machado.
Sólo me quedaba por localizar Los Sueños, de Quevedo.
El gato seguía con sus ojos clavados en mí. Ni siquiera se había movido. Daba la impresión de ser una estatua…
La actitud de Mitsu empezaba a ponerme nerviosa. Pensé que quizá tuviera hambre, pero se le veía con un aspecto estupendo.
Le hice un gesto para que se fuera, pero el gato no parecía inmutarse ante mis bruscos ademanes, así pues, ante mi fracaso, recuperé la atención en Los Sueños de Quevedo, cuyo volumen acabé encontrando después de recorrer un par de estantería más.
El gato ya no estaba. Se había esfumado con un sigilo sobrenatural, pues no había escuchado el cascabel moverse, al igual que cuando me lo encontré en la puerta de la biblioteca…
Con los libros en la mano y mi objetivo cumplido, decidí que ya era hora de marcharme. Me aseguré de tener las llaves de la vieja casa en el bolso y eché un vistazo a la calle por una de las ventanas de la biblioteca. El cielo estaba cubierto por una amenazante capa de nubes grises, con lo que, debía darme prisa si no quería acabar bajo un manto de agua polucionada.
Pero al pasar de nuevo por el salón, un detalle antes inadvertido acaparó mi atención, impidiendo el propósito de marcharme.
Se trataba de una fotografía cuidadosamente enmarcada, que impoluta de polvo, descansaba sobre una elegante mesita de mármol. El señor Salvatierra, que contaría con diez años menos, posaba solemne junto a un gato siamés, al cual mantenía cómodamente cogido en sus brazos. La placa y el cascabel no dejaron lugar a dudas, era Mitsu.
De repente, el cascabel empezó a oírse de nuevo con mucha fuerza, y me hizo dar un respingo. El sonido era muy fuerte, como si hubiera eco, e inexplicablemente, el “tilín” de otros cascabeles parecía haberse unido hasta formar un bullicio insoportable.
El corazón me latía con mucha fuerza y el miedo empezaba a tomar forma dentro de mi cuerpo. Agarre los libros, me tapé los oídos y me dirigí hacía la salida, mientras los fantasmales cascabeles me perseguían retumbando por todas partes.
Cuando cerré la puerta de la casa, puede ver por unos segundos como Mitsu me despedía sentado al final del largo pasillo.

Dos días después pude entregar los libros al señor Salvatierra, el cual se puso visiblemente contento al tocar sus valiosos ejemplares.
No quise hablarle del curioso episodio vivido en su piso, pues aún no estaba segura de que fuera algo distinto de mi alocada imaginación, pero sí le pregunté por el gato de la foto que había visto en salón.
El señor Salvatierra sonrió con nostalgia e hizo ademán de recordar:

Ah, sí, Mitsu…Es una joven gatita con la que compartí tres años de mi vida.
Me la dieron muy pequeña, apenas me cabía en la palma de la mano... Me parecía estar cogiendo un pequeño ratoncillo, sin embargo, su inteligencia era abrumadora…
Le gustaba jugar al escondite, y en más de una ocasión se ocultaba tanto que no aparecía en varios días, así que, le compre un cascabel para saber siempre dónde se encontraba.
Pero, una fría noche de invierno, en uno de nuestros juegos, desapareció sin dejar rastro. Durante días estuve escuchando el cascabel, pero no era capaz de averiguar dónde se había escondido Mitsu. La busqué por todas partes, e incluso en otros pisos, pero no daba con ella. Parecía haberse vuelto invisible.
De repente, casi una semana después, dejé de oír el cascabel…
El sonido de sus movimientos, ya no se escuchaba…
Empecé a angustiarme, pues pensé que le podría haber pasado algo, y la tenía tanto cariño que me horrorizaba la idea. Sin embargo, mis peores pensamientos se hicieron realidad….
Casi tres meses después, encontré su cuerpecillo en la biblioteca, detrás de una fila de libros de colección. Su collar se había enganchado entre uno de los grandes tomos de la recopilación, y le fue imposible zafarse…
Me di cuenta entonces, de que por ese motivo, había estado escuchando el cascabel durante tantos días…

7 comentarios:

FRANK RUFFINO dijo...

Estimada amiga:

De niño tuve un gato llamado mitsuko. Tu escrito es interesante y bien forjado.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank.

Silvia Meishi dijo...

Estimado Frank:

Tengo un gato, cuya curiosa actitud, me ha inspirado para escribir este relato.
Me alegro de que te haya gustado.

Un abrazo

Francis G. Vergara dijo...

Un relato enigmático con una atmósfera que atrapa. Un abrazo.

Silvia Meishi dijo...

Estupendo que te guste. No estaba segura de haber conseguido la "inquietud" que pretendía.

Un abrazo

Stefy Bambú dijo...

hola silvita!! muy bueno. si que me gusta.Esperaba algo más tetrico, pero el hecho de q sea algo tan normal (lo q ocurrió,quiero decir) le da cierto toque al relato.muy bien escrito. solo una cosilla:cuando dices por 1ª vez que el gato se llama mitsu, deberías aclarar q la prota lo vio en la placa, pq al no quedar claro y no hablarse de la placa hasta varias frases desp queda un poco extraño. por el resto perfecto!!
un besazo!!

Silvia Meishi dijo...

Me encanta que te haya gustado!!! Gracias por leerlo. Respecto a tu sugerencia, aclararte que la protagonista sí ve el nombre del gato en la placa la primera vez que aparece. Te copio el párrafo:

Cuando recuperé el aliento y la cordura, me encontré bajo la mirada de un gato siamés sentado a unos pocos metros de mí. Permanecía tranquilo, emitiendo un suave ronroneo, y de su collar colgaba un cascabel junto a una placa dorada en la que se leía “Mitsu”.

Un abrazo muy fuerte

Stefy Bambú dijo...

si,si,ahora lo se...es q la expresion "El minino, cuyo nombre era Mitsu" me debio parecer rara y borré lo anterior, ya sabes q tengo memoria de pez...jijiji.
Siendo como es, perfecto!!

muaaaaaaaaaaaaaaa