27 ago. 2010

Cumpleaños

Ilustración de Antonio Sejias



31 de agosto ¿Quién me presta una escalera para subir al cielo?



No me di cuenta del día que era hasta que lo vi en el calendario. Eso me entristeció, pues años atrás no se me habría olvidado. Ahora resultaba algo lejano, distante en el tiempo, como si se tratase de una vida pasada que ya no es posible recuperar.
Hoy era su cumpleaños, y un año más, no podía felicitarle…
Me encontraba en mi despacho, frente al ordenador, y mi atención se desvió por completo al paisaje campestre que se extendía más allá de la ventana. Un poco más arriba, estaba el cielo, un mar de inquietas nubes que volaban alegres bajo la lluvia de los rayos solares.
Como me gustaría poder llegar hasta allí…
Abrí la ventana y llené mis pulmones de aroma primaveral. Me sentí acariciada por la vida, embriagada por el universo, capaz de hacer cosas increíbles.
- ¿Quién me presta una escalera para poder subir al cielo? – Pregunté a los transeúntes que paseaban bajo la sombra de mi ventana.
Muchos de ellos no me oyeron, pero un hombre que vestía un mono azul de obra, alzó la vista hacía mi e hizo bocina con las manos para decirme:
- Yo puedo prestarle una escalera. Es muy larga y seguro que la lleva hasta el cielo.
Contenta, baje del del edificio que tantas horas me tenía trabajando, y cogí la escalera que el hombre del mono me había ofrecido.
La puse mirando hacía el cielo y empecé a subir mientras iba estirando sus múltiples extensiones.
En poco tiempo, pude llegar al cielo. El mar de nubes me rodeaba por completo, y la luz del sol iluminaba todo lo que había alrededor. Era un espectáculo maravilloso.
Entonces, de entre aquella maraña de algodón blanco, apareció él, caminado lentamente mientras sonreía alegre al darse cuenta de cómo había llegado hasta allí.
Corrí pisando elásticas nubes y me tiré a sus brazos como lo hacía cuando era una niña pequeña.
Le di un besito y en un susurro le dije:
- Feliz cumpleaños.
Al fin pude cumplir mi deseo de felicitarle… De subir hasta el cielo y darle un abrazo…
Entonces, desperté de mi ensoñación. Volví al despacho en el que me encontraba desde hacía ya varias horas y miré la fecha que marcaba el calendario: 31 de agosto…
Pensé que quizás no pudiera conseguir una escalera para subir al cielo, pero mi mente si podía volar hasta allí, y estaba segura de que mi corazón y el suyo estaban unidos por un lazo hecho de amor.



Dedicado a mi padre.

3 ago. 2010

La lucha

Klimt, muerte y vida



Sentado en el despacho, buceaba en el océano de mi imaginación con la esperanza de encontrar una buena idea para un nuevo relato. No lo conseguiría fácilmente, pues mi vieja cabeza ya no construía elaboradas narraciones como antaño, aunque aún conservaba un resquicio de inspiración que me mantenía a flote en el inquieto mar de la creatividad.
El folio permanecía atrapado bajo las garras de mi inseparable Olivetti. Esperaba, en blanco, ser aporreado por letras que formasen una historia que contar, una fantasía en la que sumergirse. .. Sin embargo, no había más que vacío.
De repente, alguien llamó a la puerta… Era de noche y helaba bajo la fría capa de invierno. ¿Quién podría ser?
Me levanté, no sin cierta dificultad a causa de la avanzada edad que cargaba a mis espaldas, y me arrastré hacía la puerta como un alma errante que ha perdido su rumbo.
-¿Quién es?- Pregunté, elevando la voz todo lo que fue posible.
Nadie contestó. Nada se oía…
Asomé el ojo derecho por la estrecha mirilla, pero no había nadie al otro lado.
Volví sobre mis pasos, pero esta vez, no continué escribiendo. Me serví un whisky solo, y me acomodé en el sillón de terciopelo verde. Ese era el momento que más me relajaba del día.
Observe como los hielos se golpeaban mientras flotaban sobre el potente líquido alcohólico. Parecían disfrutar de ese instante tanto como yo.
Unos fuertes nudillos golpearon de nuevo la puerta.
Me revolví en el sillón, inquieto, y maldije al inoportuno que se empeñaba en perturbar la quietud de mi morada.
-¡¿Quién anda ahí?!- Grite desde la comodidad del asiento.
De nuevo, nadie contestó. Era como si un crío se estuviera burlando al otro lado del umbral.
Moje los labios en el whisky helado y traté de evadirme de aquel molesto percance.
Los golpes en la puerta volvieron a retumbar en mis oídos…
Malhumorado, volví a levantarme, pero antes de que pudiera mover mis lentas piernas, la puerta empezó a abrirse poco a poco, como si una ráfaga de aire quisiera colarse sin pedir permiso.
Me recosté en el sillón, asustado, con el corazón latiendo demasiado rápido… Era incapaz de hacer cualquier movimiento.
El chirrido de las gastadas bisagras se apoderaba de la estancia como una garra amenazadora. Alguien estaba entrando en mi casa, en mi salón, burlando la seguridad del cerrojo.
Finalmente, la puerta terminó de abrirse. Una mujer alta, cuyo vestido negro acentuaba su delgadez, se deslizaba sin tocar el suelo, flotando a tres palmos del frío mármol.
Quedé horrorizado ante aquella visión fantasmal, y no pude más que acurrucarme en el terciopelo del sillón, mientras aquella ánima, de cabellos oscuros y ojos violetas, volaba a mi encuentro.
- ¡No! – Grité desesperado - ¡Vete!
La mujer se detuvo frente a mí y me miró con una intensidad perturbadora.
- He venido a buscarte – dijo con una voz que no era de este mundo – Ya no puedes seguir aquí.
Confuso, creí saber quién era aquella inesperada visita. Llevaba algún tiempo esperando, pero nunca imagine que la muerte pudiera tener ese aspecto. Sentí escalofríos…
La mujer tendió la mano y me invito a volar con ella.
Mire de reojo el folio blanco atrapado en la Olivetti, y una punzada de dolor me atravesó el cuerpo al pensar en que no tendría tiempo de escribir un último relato. Si mi mente hubiera estado más lúcida…
De repente, otra aparición entró por la puerta. Se trataba de un niño, vestido con traje chaqueta naranja, como el atardecer, que caminaba con soltura mientras lucía una dulce sonrisa en su menudo rostro.
La expresión de la muerte se torno siniestra al percatarse de la presencia del pequeño.
- Este hombre aún no pude irse. Ha de escribir un último relato – anunció, como leyéndome el pensamiento.
Identifiqué al curioso niño como a la vida. No fue difícil adivinarlo, pues la luz que desprendía su cuerpo eclipsaba la oscuridad de la muerte.
- No – Dijo la mujer con aquella voz sepulcral – Ya no hay más que hacer aquí. Debe irse.
Yo no sabía a quién mirar. Por un lado, el niño me invitaba a seguir su camino para adornar el folio en blanco que se había quedado solo en la máquina de escribir, por el otro, el espíritu oscuro, ofrecía un esperado descanso en la eternidad.
Los dos se enfrentaron, como gatos a la espera de que su enemigo ataque primero…
Acurrucado en mi sillón, cerré los ojos y espere… Espere a que el vencedor de aquella lucha encarnizada me llevara con el…
Entonces, sin saber cuánto tiempo había pasado, una ráfaga de aire invadió la estancia y cerró la puerta de golpe, sumiendo todo lo que había alrededor en una apacible tranquilidad.
Abrí los ojos, las ánimas se habían ido, la copa de whisky permanecía en mi mano, la Olivetti me invitaba a aporrear sus teclas… Me llevé la mano al pecho, estaba dolorido.
Me di cuenta de que mi corazón había estado a punto de pararse, de abandonarme para siempre. Sin embargo, por esta vez, la vida, había ganado la batalla.