30 nov. 2010

Erase una vez...un cuento

Vladimir Kush

Hace muchos años, cuando Adéle no era más que una niña, creía que la vida, su vida, era un cuento cuyas hojas podía escribir cómo quisiera y cuando quisiera.
Solía imaginarse un libro de tapas antiguas y bordes ligeramente dorados, y cuando lo abría, un aroma a flores frescas le rozaba la pequeña naricita.
La pluma que usaba para escribir, era el fino tallo de una hoja, cuyo color solía cambiar según el estado de ánimo de Adéle: cuando estaba feliz, la proyectaba azul turquesa; cuando estaba enfadada; rojo caoba y cuando tenía ganas de llorar, usaba el azul marino.
Como separador, le gustaba pensar en un hada que dormía entre las hojas del libro, usando aquel peculiar diario como un hogar acogedor en el que resguardarse.
Ese era el mundo que la pequeña Adéle había inventado para escapar de una realidad demasiado nítida. Escribía una hoja cada día, pensando que esas letras irían construyendo su vida, tal cual ella deseaba. No importaba si los acontecimientos se desarrollaban de otra manera, pues al final, todo llevaba a lo que ella había escrito en su diario.
Sin embargo, como le ocurre a todo ser humano cuando abandona la inocencia de la niñez, Adéle descubrió que su vida no podía ser un cuento, y que la realidad eclipsaba aquel bonito universo inventado.
Su mente se volvió racional, escéptica, fría, y eso hizo que la seguridad que sentía en sí misma, se resquebrajara por completo.
Pero Adéle, al igual que todas las personas que luchan por sobrevivir en este mundo, consiguió avanzar en su vida, olvidando por completo el libro que había empezado a escribir cuando era una niña.
Sin embargo, debemos saber que cuando somos niños, nuestros deseos y nuestra imaginación tienen una fuerza especial, y eso hace que cualquier cosa sea posible, aunque haya pasado mucho tiempo…
Cuando Adéle cumplió sesenta y cinco años, sopló las velas sin pensar en ningún deseo en especial, pues ya no creía en esas cosas. Recibió los besos de sus dos hijos, el abrazo de su marido y el regalo de su nieta Alba.
Cuando abrió el presente que la niña le había entregado con suma ilusión, su rostro no pudo ocultar una mueca de sorpresa.
Lo miró detenidamente, lo sostuvo entre sus manos con el pulso descontrolado…
Se trataba de un libro, o más bien, de un diario. Las tapas eran antiguas y los bordes eran ligeramente dorados, y de entre las hojas, asomaba un separador con forma de hada.
- ¿Te gusta? – preguntó Alba con una enorme sonrisa en sus labios.
Fue entonces cuando Adéle descubrió que la magia existe, aunque dejes de creer en ella.

21 nov. 2010

Sensaciones

Claude Monet





Imaginemos un tren, antiguo, de los que corren a vaga velocidad mientras un escaparate de verdes paisajes va pasando ante los ojos de los tranquilos viajeros.
Imaginemos, entonces, un viejo tren, no muy lujosos pero si cálido y acogedor.
No sabemos cuál es su destino ni de dónde ha partido. Esa información nos ha sido velada, quizá, porque alguno de los personajes de este relato quiere mantener ese detalle en secreto, o simplemente, sea irrelevante.
Elegimos un vagón, por ejemplo, el número ocho, y entramos en él sólo con pensarlo, pues en realidad, no estamos allí, nadie puede vernos, somos etéreos.
Aparecemos en un angosto pasillo, tenuemente iluminado por una luz cálida de color pastel, y nos damos cuenta de que estamos al lado de una mujer pulcramente vestida. Nos está mirando, pero sin vernos, pues no somos más que una barrera invisible para ella.
La mujer, de unos treinta años, se apresura a refugiarse en su compartimento, y nos damos cuenta de que alguna preocupación que desconocemos, parece adueñarse de ella.
Decidimos seguirla, ya que nos intriga su actitud, y sus pasos nos llevan al compartimento 3 B, un pequeño habitáculo cuidadosamente decorado. En él encontramos una estrecha cama, un asiento de madera y la entrada a un baño que no podemos ver porque la puerta está cerrada.
La mujer se sienta en la cama con el ceño fruncido. Se muerde el labio inferior y suspira cansadamente.
Nosotros nos sentamos a su lado. Parece tan preocupada que nos apena el no poder consolarla, pero no podemos hacer nada más que observar, así que suspiramos con ella y nos mantenemos atentos a sus reacciones.
De repente, la mujer se levanta y sale de nuevo del compartimento, cerrando el cerrojo a su paso y respirando apresuradamente.
Nos quedamos un rato quietos, sin saber qué hacer, pero transcurridos unos minutos sin que ocurra nada, decidimos levantarnos para salir también del compartimento. Sin embargo, algo nos detiene… Algo que no habíamos visto antes, nos hace quedarnos allí, inmóviles.
Advertimos que debajo de la cama hay una especie de bulto negro que sobresale levemente.
No sabemos por qué, nos parece que aquella forma nos oculta algo importante…
Despacio, pero sin detenernos, nos acercamos al borde de la cama y nos ponemos de rodillas. Nos asomamos a la oscuridad y vemos que el bulto negro tiene el tamaño y la forma de una persona…
Lo primero que pensamos es que nuestra imaginación nos juega una mala pasada, pero… ¿y si no es así?
Entonces, la mujer entra de nuevo en el compartimento, cierra la puerta tras de sí y se queda apoyada en ella, mientras un brote de lágrimas empieza a cubrirle los ojos claros.
Pensamos si esta delicada mujer sería capaz de tener un cuerpo escondido debajo de la cama. Pensamos si el bulto negro puede tratarse realmente de una persona. A lo mejor solo es equipaje… Y si es así, ¿por qué llora?
Nunca sabremos qué ocurre en el compartimento 3 B del vagón número 8, pues el personaje de este relato, no quiere desvelarnos su secreto. Tan solo podemos quedarnos con una sensación de desasosiego que nos llevará a construir nuestro propio final.
Pero la mujer, que es el personaje principal de esta historia, ha cometido un error. Ella no quiere que sepamos nada, sin embargo, nos ha dejado una pista sin darse cuenta…
Al lado de la cama, sobre una mesita de noche, reposan dos billetes de tren picados, lo que nos indica que la mujer no viaja sola…

16 nov. 2010

FUERZA

Excalibur




Si a tus ojos soy pequeña, a los míos seré grande.
Si piensas que no lo conseguiré, lo conseguiré.
Si tienes miedo, yo seré valiente.
Si lloras, reiré.


Si no amas, yo amaré por ti.
Si me ves débil, entonces, seré fuerte.
Si no caminas, andaré.


Si no escuchas a tu corazón, yo pondré el oído en el mío.
Si no crees en nada, yo creeré en todo.
Si me odias, te perdonaré.


Si me ves como a una loca, yo me veré diferente.
Si no tienes ilusión, yo la guardaré para ti.
Si me ocultas la verdad, la buscaré.


Si te pierdes, abriré mi mapa de estrellas.
Si estás solo, yo estaré contigo.
Si crees que te ahogas, flotaré.


Si me empujas, me volveré a levantar.
Si decides sufrir, yo decidiré vivir.
Si intentas destruirme, pierdes el tiempo, porque TE VENCERÉ.

6 nov. 2010

Esperando a Calista

El puente de Carlos, Praga





Mientras la niebla engullía la luz artificial de las farolas, Eliot esperaba inquieto sobre el hermoso puente de Carlos, que atravesaba elegante las aguas del río Moldava.
La noche empezaba a traer consigo las estrellas más brillantes del firmamento, y Eliot, asombrado por la belleza que le ofrecía la ciudad de Praga en aquel instante, no pudo más que sucumbir dejándose llevar por una sonora exclamación.
La Reina nocturna se había apoderado del puente, y la fría niebla recorría las calles convirtiéndolo todo en difusas siluetas.
Aquel era un momento mágico en la ciudad, pero Eliot no lo sabía.
Había quedado en el puente, junto a la estatua de uno de los santos, con una mujer, a la que apenas conocía, pero de la que estaba enamorado. Se llamaba Calista y se habían conocido por carta.
Después de un año reflejando en un papel sus sentimientos más profundos, decidió viajar a Praga, donde ella vivía, para ver al fin el rostro de Calista. Y así, en su última misiva, la citó en el puente de Carlos a las nueve en punto, donde la esperaría con una rosa blanca en la mano.
Sin embargo, ya eran las nueve y cuarto, y Calista no había aparecido aún…
No quedaban muchos transeúntes paseando por el puente, tan solo un viejo violinista, a la espera de alguna moneda más en su sombrero, una pareja de enamorados, que andaban sin prisa mientras se reían tímidamente, y un mimo, que guardaba celosamente su quietud en una postura elegante. Y mientras, Eliot, esperaba impaciente agarrando con fuerza la rosa blanca que llevaba en su mano derecha.
Pasaron quince minutos más, ya eran las nueve y media, y Calista seguía sin acudir a la cita.
La pareja de enamorados ya había desaparecido al otro extremo del puente y el violinista, cansado de tocar para nadie, empezó a recoger su instrumento. Solo el impasible mimo, ajeno a todo lo que le rodeaba, parecía no querer abandonar su postura.
Eliot miro su reloj: las diez menos cuarto… Sabía que Calista ya no vendría…
Abatido, miro la rosa blanca que sostenía en sus manos y la depositó en el suelo suavemente, como si quisiera dejar una señal de su presencia en el puente de Carlos.
Se abrigó el cuello, se frotó las manos y se internó en la niebla hasta que se fusionó con ella, desapareciendo por completo, dejando sólo un rastro de desilusión y tristeza…

Calista descansó de su perpetua inmovilidad, y agitó su cuerpo para despertarlo de un apacible sueño de casi dos horas.
Se quitó el gran sombrero negro que cubría su cabeza, para dejar caer una cabellera dorada que rozaba suavemente sus hombros.
Los ojos claros de Calista escrutaron la niebla, que había hecho desparecer la mitad del puente, pero ya no alcanzaban a ver la silueta de Eliot. Se había ido.
La muchacha había estado observando a su desconocido amante, sin que él pudiera percatarse, durante más de una hora. Intentó salir de su inmovilidad para acudir a su encuentro, pero no pudo, o más bien, no quiso. Pensó que si se conocían, si se veían las caras frente a frente, la magia de la que estaba hecha su amistad, se perdería para siempre, y Calista anhelaba conservar ese amor por encima de todo.
Con una mano en el pecho, para apaciguar el dolor que sentía, se acercó a la rosa y la cogió con delicadeza, como si temiera romperla. Rozó su nariz contra sus pétalos y sintió el olor de la amistad, del amor, de la vida…
Con la flor en la mano, y el corazón lleno de esperanzas futuras, abandonó el puente de Carlos, donde únicamente un viejo violinista había sido testigo de un amor camuflado tras una rosa blanca.