13 dic. 2010

Feliz Navidad, pequeño ángel



La nieve caía lentamente, buscando un lugar donde posarse y deshacer su blancura en un hermoso manto que acabaría cubriendo la calle.
Las luces navideñas recorrían el pueblo como pequeños luceros titilantes, dorados y plateados, turquesas y escarlata; y en medio de aquella orgía de color, donde la noche llegaba a su cénit, se encontraba Jaim, deambulando solo, mientras sus pensamientos se empeñaban en atormentar su alma.
Jaim estaba triste, melancólico, desesperado… No era fácil definir su angustia, pero sí podía apreciarse como su rostro delataba incertidumbre.
Caminaba cerca del puente, donde el pueblo dividía en dos su calle principal, y por un momento pensó en lo fácil que sería tirarse al río helado para que sus aguas le hicieran desaparecer, pero sabía que le era imposible hacer eso, ya que de ninguna manera podía ocultarse…
Cuando empezó a cruzar el puente, Jaim advirtió a un hombre que permanecía sentado en un estrecho banco, mientras miraba abstraído al cielo infinito. Sin embargo, no se preocupo de su presencia, pues sabía que nadie podía verle…
Pero los ojos del hombre, que se abrigaba con una pesada gabardina gris, se posaron en Jaim a través de unas finas gafas de ver.
- Hola… - Saludó desconcertado a Jaim - ¿Quién eres?
Jaim se mostro sorprendido, ya que era muy difícil que una persona corriente pudiera ver a un ángel, pero aquel hombre, de aspecto desaliñado y aura egoísta, le había detectado sin problema.
- Pareces un ángel – continuó diciendo el hombre – Cuando era pequeño vi uno, pero nadie me creyó… ¿Has venido a ayudarme?
Parecía estar borracho, quizá por eso había logrado verle... A veces la embriaguez activaba ciertos sentidos.
- Lo siento – dijo Jaim – Sólo los grandes ángeles pueden ayudar a la gente.
El hombre se incorporó torpemente y se acercó hasta él.
- ¿Por qué? ¿Qué diferencia hay? – preguntó visiblemente asombrado.
Jaim no tenía ganas de hablar, y maldijo a la botella de Whisky que había hecho ver a ese pobre hombre lo que no debía.
- Los grandes ángeles tienen alas, los pequeños no tenemos.
- Pero… ¿No tiene un ángel que ayudar a alguien para ganar sus alas?
- Eso es algo que habéis inventado vosotros.
El hombre se quedó pensativo. Parecía asimilar lo que Jaim acababa de decirle.
- ¿Y qué tiene un ángel pequeño que hacer para ser grande? – preguntó después de un largo silencio.
Jaim suspiró, sumido en su propia tristeza y en su profunda apatía.
- No lo sé… - contestó con la mirada perdida en la nada.
De repente, el suave murmullo de un villancico cantado por voces infantiles, se empezó a oír en la lejanía, como un acompañamiento a las profundas inquietudes del ángel.
El hombre metió la manó en un bolsillo interior de su abrigo, y sacó una pequeña petaca plateada que apestaba a whisky.
- ¡Oh! Por favor, no beba más – exclamó Jaim – Así no dejará nunca de verme…
Haciendo caso omiso, elevó la petaca y dejó caer un buen chorro de alcohol en su boca.
Seguidamente, se limpió con la manga.
- Pero… Tienes que ayudarme – suplicó el hombre – Es noche buena y estoy solo; soy un desgraciado.
- … No puedo – repitió Jaim con la mirada en el suelo. Y cansado de aquella conversación, se dispuso a marcharse sin conceder más tregua al solitario borracho.
Entonces, el rostro del hombre se tornó muy serio, como si los efectos del alcohol se hubieran esfumado de su sangre. Sus ojos, antes achispados, enfocaban a Jaim con una gran intensidad.
- A lo mejor, para ser un gran ángel, sólo tienes que creer que lo eres… - dijo con una voz muy profunda. – Quizá, sólo baste con desear ayudar a alguien, aunque a sea un borracho como yo.
Jaim quedó perturbado, sin saber qué decir ni qué pensar.
- Si crees, puedes, amigo. Eso diferencia a los grandes ángeles de los pequeños.
El hombre le dedicó una amplia sonrisa, le agarró suavemente del brazo y le dijo:
- ¡Feliz Navidad, pequeño ángel! –
Y dándose media vuelta, se fue caminado hacía el otro lado del puente, dejando a Jaim visiblemente emocionado, pues sabía que un gran ángel acababa de darle la esperanza que tanto necesitaba.