16 dic. 2011

¡Feliz Navidad!



Quiero desearos a todos una feliz Navidad. Espero que paséis unas fiestas estupendas, llenas de buenos momentos y de muchas alegrías.


Que este nuevo año, 2012, os traiga todo lo que necesitéis y os brinde una gran felicidad.
Deseo también, que la magia que perdemos adultos, os envuelva de nuevo en los momentos más “reales” de la vida, pues la magia sigue estando ahí, sólo hay que fijarse un poco.
Feliz navidad a todos, amigos. En el próximo año, volveré con más relatos.






16 nov. 2011

El mar de los fantasmas






El destello plateado de la luna se reflejaba distorsionado en las oscuras aguas del mar. Las suaves olas lo llevaban de un lado a otro, meciendo la luz grisácea como en un intento de dormir al astro.
Todo estaba tranquilo en alta mar, y el pequeño barco de vela descansaba sosegado sobre las aguas. Solo un ligero balanceo perturbaba el placentero sueño de la embarcación.
Sin embargo, algo se agitaba dentro de aquel apacible velero. Una intranquilidad se apoderaba del silencio de la noche oscura. ..
Andrés, apoyaba su cabeza sobre la mano derecha, en un ademán de mareo, mientras parte de su rostro, permanecía oculto en las tinieblas.
Apretaba fuertemente los ojos, y en su respiración, se apreciaba un desagradable murmullo causado por una fuerte agitación.
-Vete… - murmuró, con una voz grave e imperativa. -Aléjate de mí.
El eco de una oscura carcajada invadió el camarote del pequeño velero.
-¡Basta! – gritó Andrés descubriendo su rostro, dejando ver una cara curtida por los años y erosionada por la mar.
Silencio…
Andrés llevaba dos semanas en alta mar, sólo, únicamente en compañía de las olas y del horizonte. Era un hombre de agua, un apasionado, pero esta vez se había adentrado en un mar prohibido, en una marea vedada. No quiso hacer caso a las advertencias de los marineros, y zarpó rumbo al mar de los fantasmas.
-Andrés… - susurró una voz fría, espectral, apenas audible. –Andrés…
De nuevo, otro silencio. Esta vez, ni siquiera las olas parecían moverse.
De repente, una sombra etérea empezó a tomar forma en el camarote del barco. Poco a poco, se podía distinguir la silueta de una persona.
Andrés, horrorizado por aquella visión, se tapó la cara.
-¡Vete!- Pero el grito quedó ahogado en sus manos.
-Andrés…
Entonces, una mano fría tocó su brazo. Andrés, sintió estremecerse, su sangré se congeló, y en un acto reflejó, se destapó la cara para defenderse de lo sobrenatural.
No había, nada, no había nadie…

Cuando el sol iluminó el mar a la mañana siguiente, el cuerpo sin vida de Andrés flotaba mecido por el ligero oleaje. Chocaba contra un cuerpo y luego contra otro…Era, pues, una marea de cadáveres.
-El mar de los fantasmas se alimenta de los hombres que surcan sus olas- Le había advertido un marinero…

21 oct. 2011

La Luz






En un túnel oscuro cualquier luz nos parece bonita, pero no nos damos cuenta de que la verdadera luz se encuentra dentro de nosotros mismos; solo tenemos que buscarla, y esa es la búsqueda más importante de nuestras vidas.
Cuenta una leyenda que hace muchos años una estrella llamada Osiris, al igual que el dios egipcio, brillaba en el cielo nocturno con una luz casi cegadora. Era el orgullo del firmamento y la envidia para muchos astros que vivían a su a lado.
Un día, una estrella fugaz llamada Destello, surcaba el espacio en busca de un lugar donde caer, pues estaba cansada de recorrer tantos kilómetros sin ningún destino al que dirigirse.
Destello pudo ver la luz de Osiris desde mucha distancia y, poco a poco, fue quedando cegada por aquella claridad que iluminaba todo el firmamento. La estrella fugaz quedó enamorada de tan hermosa visión, y fue entonces cuando decidió que aquella bola de luz sería su destino.
Destello chocó contra Osiris, introduciéndose hasta lo más hondo de sus entrañas, y las dos estrellas reventaron en millones de partículas de luz que se dispersaron por todo el universo.
Muchas de esas partículas cayeron en la Tierra, y de aquellos fragmentos luminosos surgió la vida.
Reza la leyenda, que cada uno de nosotros llevamos dos partes de luz, una de Destello y otra de Osiris, y que la conjunción de ambas se ha convertido en nuestra alama.
Aquel que mire dentro de sí mismo, encontrará su luz. Los destellos que encontremos fuera, no iluminarán nuestro camino.

13 sept. 2011

Μορφεύς

Pierre-Narcisse Guérin Morfeo e Iris



- Déjame huir. Quiero cerrar los ojos y olvidarme de esta existencia. Quiero soñar…
Pero Aldora no podía soñar. La oscuridad invadía su mente, borraba sus recuerdos y no le permitía traspasar el umbral que separa el mundo consciente del onírico.
No podía sumergirse en aguas de colores, no podía volar, no podía visitar lugares imposibles… Estaba condenada a contemplar el vacío cada vez que sus párpados se cerraban.
Las noches eran para Aldora una marea de estrellas titilantes que no se dejaban tocar, ni si quiera desear. Estaban prohibidas para ella, pues las estrellas transportaban sueños de una galaxia a otra, y Aldora no soñaba…
El cálido abrazo de Morfeo había desaparecido, sus manos no la tocaban y su plácida voz había dejado de cantar para ella. Morfeo ya no la amaba…
- Permíteme soñar – suplicaba Aldora – Llévame contigo.
Pero era demasiado tarde, ya que el dios de los sueños había encontrado algo mejor a lo que abrazar: las almas humanas. Morefeo se había enamorado de todas ellas.
Sin embargo, Aldora, cuyo sueño se había transformado en oscuridad, decidió perseguir a Morfeo a través de los sueños de las almas humanas, convirtiéndose así en la pesadilla de aquellos que caen en su noche eterna, en su vacío, en su desdicha.
Pero, ¿Qué ocurrirá cuando Morfeo se enamore de otro? ¿Dejaremos de soñar?

8 ago. 2011

La foto de Melissa

Vinuesa, Soria


En la provincia de Soria, al pie de los Picos de Urbión, se halla un hermoso pueblo llamado Vinuesa.
Muchos conocen esta localidad, de paraje espectacular y calles dotadas de un encanto que ya no existe en los pueblos modernos. Es como adentrarse en el pasado, como recorrer un mundo escondido, libre de la destrucción humana.
Pero la gente que visita este pequeño pueblo, es ajena a la presencia de Melissa. Nadie parece percatarse de que, a veces, permanece sentada en un frío banco de piedra, observando con sus ojos grises, meditando, susurrando palabras que nadie puede oír…
Tampoco parecen verla cuando sale a regar las hermosas flores de su patio, en la vieja casa de piedra, o cuando pasea sola al caer la tarde…
Es como si Melissa se desvaneciese ante los ojos de los demás…
Sin embargo, aquellos turistas que buscan una bonita foto retratando la fachada de la vieja casa de piedra, se encuentran con la imagen de una mujer sentada en el muro del jardín. Una mujer que posa triste, afligida…
Nadie sabe que se trata de Melissa.



Vinuesa, 1983

Aquella foto era perfecta: Marcos, rodeando la cintura de su mujer, posando sonriente delante de una bella casa de piedra, posiblemente, muy antigua.
Dio las gracias al lugareño que había accedido a inmortalizarles y comprobó apenado que ya sólo le quedaba una foto en el carrete. Con lo bonito que era aquel pueblo… ¿Tendría tiempo de comprar otro?
Sin embargo, la mujer de Marcos, parecía no estar disfrutando tanto como él. Estaba triste, sería, sonriendo forzosamente cada vez que la enfocaba la cámara. Era como si aquel lugar le trajera pesar en vez de alegría.
- Sólo queda una foto – dijo Marcos – Te la haré a ti, junto a la casa.
Su mujer puso cara de fastidio.
- Estoy cansada, no me encuentro muy bien. ¿Por qué no vamos a tomar algo?
Haciendo caso omiso a las quejas de su esposa, Marcos apuntó su cámara y encuadró el paisaje tal y como a él le gustaba: la casa de piedra a lo lejos, haciendo de escenario natural, como si fuera una maqueta. Su mujer, ligeramente sentada sobre el muro del jardín, y aquella anciana vestida de luto, asomando su cabeza por el rellano de la puerta principal…
Apretó el botón y disparó por fin la última foto, no sin extrañarse de la repentina presencia de la mujer mayor, que hacía tan solo un segundo, no estaba allí.
Pero no fue eso lo que más inquietó a Marcos…
Al apartar la cámara de su rostro, comprobó que su mujer ya no se encontraba posando en el muro del jardín. El lugar que había ocupaba estaba de repente vacío, desolado. Era como si la cámara se la hubiera tragado…
- ¿Melissa? – susurró Marcos con una voz quebradiza, casi asustada - ¿Melissa?
Pero Melissa, su esposa, ya no estaba, había desaparecido…

Sin encontrar una explicación a lo que había sucedido, Marcos tuvo que marcharse de Vinuesa después de una semana de incasable búsqueda. Nadie supo nada de Melissa, y poco a poco, los habitantes del pueblo se fueron olvidando de aquel extraño suceso.
Sin embargo, Marcos no pudo apartarlo de su mente, y el recuerdo de ese día casi lo lleva a la garras de la locura, pues cuando reveló la última foto que le hizo a su mujer junto a la casa de piedra, descubrió horrorizado que no era Melissa la que posaba, sino la anciana que había irrumpido en el objetivo; y asomando la cabeza en el rellano de la puerta, estaba Melissa…
Era como si hubiesen invertido…
¿Qué significaba aquello? ¿Qué había ocurrido? Marcos nunca tendría una respuesta, pero sí tuvo la seguridad de que su mujer estaba en aquella casa de piedra.

14 jul. 2011

El entierro

El entierro de San Esteban (Juan de Juanes)


Es difícil hablar de uno mismo, sobre todo, cuando no se sabe que decir, y peor aún, cuando no se saben emplear las palabra adecuadas. Eso da lugar a confusiones, y yo no quiero que nadie me malinterprete.
Sí, es difícil hablar de mí, siempre he sido consciente de ello, pero hoy debo hacer un esfuerzo y pronunciar un discurso en mi honor, aunque yo no lo llamaría así, si no más bien una despedida, un adiós, una dedicatoria para aquellas personas que aún albergaban algo de fe en mi en sus corazones.
Sí, debo despedirme porque hoy he muerto. He sido asesinado de forma lenta y dolorosa cuando aún me quedaba mucha eternidad por delante. Y ahora, sin apenas darme cuenta, asisto a mi propio funeral viendo como me condenan a pasar esa vida que me quedaba bajo una apestosa capa de tierra que esparcen sobre mi ataúd como si fuera desecho.
La tapa, ni siquiera la han abierto para darme el último adiós; no tenían valor para ello, pues el valor parece haberse escondido.
Es más fácil ignorarme…
¡Cobardes! Ya me echareis de menos, y para entonces…será demasiado tarde.
Ah…, pero yo no os odio por ello, porque yo no sé odiar, no conozco el significado de esa palabra. Lo único que siento es tristeza, pues os compadezco y lloro por vosotros.
Aunque no hayáis derramado una sola lágrima por mi muerte, yo si las derramo por vuestra vida, porque sin mí, estáis perdidos.
Habéis sido crueles. Entre todos me habéis tendido una emboscada para luego acuchillarme una y otra vez, con el único fin de verme morir desangrado mientras me gritabais que yo solo os he causado dolor, que os he engañado, y que muchos han muerto por mi culpa.
¡Ignorantes! ¡Insensatos! ¿No os dais cuenta de que el dolor, el engaño y la muerte os lo habéis causado vosotros mismos? ¿No os dais cuenta de que me habéis condenado a mí por no hacerlo con vosotros, que sois los únicos culpables de vuestra desgracia?
Yo he hecho muy feliz a la gente que ha sabido sentirme, a la gente que me ha abierto la puerta sin hacer preguntas y sin juzgar lo que veían, simplemente dejándose llevar. Yo lo sé, y ellos también lo saben.
Pero os advierto una cosa, asesinos sin escrúpulos:
Mientras haya una sola persona en el mundo que aún crea en mí, naceré de nuevo y os perseguiré a todos para deciros quién soy y enseñaros a conocerme.
Mientras tanto, tendré que conformarme con contemplar mi lápida de piedra, en la que una frase grabada en letras doradas vela por mi recuerdo y por el recuerdo de los que un día me quisieron:

“Aquí yacen los restos del Amor, que murió un triste día asesinado por el Odio.
Los corazones de la gente nunca te olvidan.”



15 jun. 2011

La marioneta feliz




¿Qué significa ser libre? Se preguntaba Dafne, y con una dulce sonrisa en su rostro pensaba: Yo, soy libre.
Dafne vivía libre en un mundo hecho a su medida; un universo pequeño pero deliciosamente decorado con todo lo que ella podía necesitar: un árbol, una casita de color pastel, un río, una tienda de antigüedades… Y casi todos los días, recibía la visita de algún extraño viajero que la deleitaba con peculiares historias de las que ella siempre aprendía cosas nuevas.
Dafne vivía feliz en aquel minúsculo escenario.
Pero un día, en el que las pequeñas estrellas estaban a punto de asomarse, Dafne tuvo una visita inesperada. Se trataba de una de esas enormes personas que a veces asomaban sus cabezas para ver de cerca el pequeño mundo de Dafne. Una de esos seres que vigilaban los movimientos de la muchacha cuando esta salía de su casita de color pastel.
- Hola – dijo lo que parecía ser el rostro de una niña – Me llamo Marta.
- Hola, Marta. Yo soy Dafne –
La niña sonrió, pues no esperaba que la marioneta, a la que acababa de ver actuar, le contestase, moviendo unos pequeños labios pintados de color rojo.
- ¿Vives aquí? – preguntó la chiquilla, curiosa.
Dafne asintió ¿Dónde iba a vivir si no?
- ¿Y no te hacen daño esos hilos que cuelgan de tus manos y de tus pies?
La marioneta miró aquellos cables que siempre llevaba consigo. Se había acostumbrado a ellos y ya no los notaba. Eran parte de su cuerpo.
- A veces me tropiezo con ellos – reconoció – Pero me levanto en seguida.
La niña tocó los hilos de Dafne cuidadosamente, como si quisiera comprobar que de verdad no le hacían daño.
- Pero no eres libre. La gente te maneja como quiere y te lleva a donde quiere.
Aquella revelación dejó confundida a la marioneta. ¿No era libre? Claro que sí, siempre hacía lo que lo a ella le apetecía…
- Si cortases los hilos podrías hacer lo que quisieras.
Dafne se quedó pensativa. Por un momento, creyó ver como durante toda su vida una de esas enormes personas tiraba de sus cables moviendo su cuerpecillo a voluntad. ¿Era real? ¿Los que eran más grandes y poderosos que ella podían manejarla?
Miró sus manos, triste por aquel descubrimiento, y se sintió tonta por no haberse dado cuenta antes. Sin embargo, a pesar de saber que su vida no era más que la voluntad de otra persona más grande que ella, Dafne decidió no cortar sus hilos y seguir viviendo en el pequeño escenario de cartón, pues aquella vida era la única que conocía, y aquella “felicidad”, tal vez fingida, era lo único que tenía.

23 may. 2011

La sombra





- ¿Quién eres?
La sombra no contestó. Parecía no haber escuchado la pregunta.
- ¿Por qué me sigues?
A pesar de que Ismael se había detenido al advertir que la sombra le seguía, no consiguió arrancar sonido alguno de aquel oscuro espectro. Tan solo silencio…
- ¿Quién eres? – volvió a preguntar.
Esta vez, la extraña sombra se enfrentó a Ismael, enseñando un rostro vacío que parecía observar los movimientos de su interlocutor.
- Llevo siguiéndote toda la vida – dijo el espíritu en un susurro carente de emoción – Yo soy la muerte.
Ismael quedó horrorizado ante aquella revelación.
- Sin embargo – continuó diciendo la sombra – tú nunca has sido consciente de mi presencia. Aún así, siempre he estado ahí, siempre te acompañaré a donde quiera que vayas, porque tu vida no es más que mi comienzo…

10 may. 2011

Un deseo para Linda






No es fácil escribir un sueño en una estrella. Hay que mirarla fijamente, sentir su calor aunque millones de años luz te separen de ella, advertir como su destello cambia de intensidad cuando titila, y por último, cerrar los ojos y pensar en un deseo de origen honesto y puro.
No es fácil, porque las estrellas albergan demasiados sueños que, caprichosamente, van repartiendo por el universo dejando un rastro de ilusión en mundos que ni siquiera imaginamos. Es como un envío de esperanzas en cadena, como un correo infinito cuyo acuse de recibo nunca nos termina de llegar. Se trata, sin duda, de una misiva cuyo destinatario se convierte en aquello que más anhelamos: un ser querido que hemos perdido, un ángel de la guarda que creemos tener, un dios que nos protege, un amigo invisible que nos acompaña en nuestra vida… Nuestra plegaria se transforma en la esperanza de ser escuchados por alguien que nos cuide, que vele por nosotros. Por eso, Linda, cada noche se deleitaba con el mismo ritual. Abría la ventana de su pequeña habitación, asomaba medio cuerpo en la oscuridad, y alzaba sus ojos hacía las estrellas, que, traviesas, le hacían un guiño cuando la veían aparecer.Linda siempre pedía el mismo deseo, sin embargo, nunca hablaba con la misma estrella. Llevaba muchos años conversando con los astros y sabía distinguirlos por su tamaño, su forma, o su manera de brillar, e incluso les había dado nombres. No era tarea fácil, pero Linda tenía un don especial.
Una templada noche de primavera, en la que las flores dormitaban coloridas a la espera de un brillante sol bajo el que cobijarse, la ventana de Linda se abrió lentamente, dejando entrar una suave brisa que empezó a juguetear alegre con las cortinas. Los grillos cantaban a la majestuosa luna, y parecían querer dar música a un baile improvisado que el viento había decidido dar aquella noche.Una tierna caricia despertó a Linda, que abrió sus ojillos de color gris para ver que la ventana se había abierto a causa del aire. Siempre la dejaba bien cerrada, pues temía resfriarse, a pesar de que hacía calor, y le extraño que aquella tenue brisa pudiera haber empujado los fuertes cierres de la ventana de su cuarto.Se levantó, no sin un poco de esfuerzo, y se sentó sobre su cama para admirar desde allí a su estrella favorita: Venus, la que más brillaba. Era un espectáculo ver como su luz envolvía el cielo.
De repente, como si de un sueño se tratara, una de las pequeñas estrellas que titilaba intensamente cada noche, empezó a acercarse a la ventana de Linda. Semejaba a una luciérnaga que cada vez se hacía más grande y más luminosa.La estrella entró en la habitación, y durante unos segundos, se quedó suspendida en el aire mientras se entretenía con un suave balanceo. Luego, se hizo más grande, y de ella apareció un joven muy bello, de cabellos dorados, que bestia un traje blanco adornado con una singular pajarita verde.
- Hola Linda – exclamó alegremente el muchacho. – Soy Orión, y me pediste un deseo hace mucho tiempo… ¿Lo recuerdas?
Linda sonrió y terminó de levantarse de la cama.
- Claro que me acuerdo, tu eres la primera estrella a la que hable. Yo te puse ese nombre… - Y se llevó las manos al rostro, visiblemente emocionada.
Orión, se retocó la pajarita y tomó la mano de Linda con mucha suavidad. Parecía tener entre sus manos, una reliquia de cristal.
La estrella llevó a Linda hasta la ventana, y sin soltarla de la mano, empezaron a volar muy alto, cada vez más alto.
Podían distinguir como las luces del pueblo se iban apagando lentamente. Podían ver como las nubes, ahora ocultas en la oscuridad de la noche, se iban alejando poco a poco, hasta que sólo quedo cielo, un cielo puro y limpio… Un cielo estrellado.
Linda se encontraba volando entre hermosas nebulosas, gigantescas galaxias e inexplorados planetas. De la mano de Orión, recorrían estrellas que los saludaban al pasar, veían constelaciones que se esforzaban en abrazarlos y tocaban la cola de juguetones cometas que revoloteaban por doquier.
- Ya no volverás a estar sola – Le dijo Orión mientras apretaba su mano.Tanta belleza y tanta paz hicieron llorar a Linda.

Roxana había llegado aquella mañana temprano. Cuando entró en la habitación de Linda, se encontró con lo que tarde o temprano sabía que iba a llegar.Linda tenía ochenta y tres años y un espíritu delicioso. Todos los días se arreglaba su pelo castaño, casi libre de canas, y salía a pasear por el jardín con la ayuda de un bastón. Tenía un hijo, pero a penas venía a verla, y Roxana sabía que, aunque Linda era una mujer muy alegre, se sentía muy sola.Cuando vio el cuerpo inerte de la anciana, con una sonrisa feliz que se dibujaba en su rostro, supo que ya no estaba sola. Estaba segura de que Linda había conseguido su deseo, allá donde estuviese.Se aceró a ella y le tomó la mano con mucha suavidad. Aún parecía estar viva…Entonces, al mirar de reojo por la ventana abierta, advirtió como una estrella fugaz atravesaba el cielo, dejando tras de sí una estela de luz dorada. Roxana no sabía que esa estrella era Linda, no sabía que volaba feliz por el firmamento de la mano de Orión, y no sabía que otras pequeñas estrellas velaban por los sueños de mucha gente que aún creía en la magia.


26 abr. 2011

Valiente



Alzó la cabeza y le miró a los ojos. Quería ser valiente, quería decirle que aquello no le parecía bien, pero no lo hizo. No pudo. Agachó de nuevo la mirada y frunció el ceño en señal de derrota.
El hombre, que ni siquiera había visto el osado amago de Amy, continuaba torturando a su prisionero, en busca de una respuesta que nunca le daría, porque no la sabía.
Amy, observaba horrorizada como las heridas del preso sangraban abundantemente, dejando una mancha escarlata en las sucias baldosas del suelo. Era como si el color de la vida empezara a apagarse, disolviéndose al perder contacto con el cuerpo que lo contenía.
Amy sabía que, una vez acabase la tortura, si sobrevivía, tendría que curarle las heridas. Tendría que mirarle a los ojos y explicarle sin palabras por qué no le había ayudado.
“Sólo soy una enfermera” Le diría “Si te ayudo, podrían matarme”.
¿Le hubiera ayudado el prisionero a ella, si se encontrase en su misma situación? Amy nunca conocería la respuesta, pero sí sabía que ella no había sido capaz de detener aquella tortura, al igual que muchas otras.
“Yo no soy valiente” Se dijo a sí misma. Y cerró los puños mientras observaba impotente como la vida del preso se escapaba ante sus ojos.




La historia de Irena sendler me ha inspirado para escribir este pequeño relato. Irena fue una mujer valiente, muy valiente, que salvó a más de 2500 niños judíos del Gueto de Varsovia, poniendo su propia vida en peligro.
A los que no conozcáis su historia, os invito a que la leáis en este enlace. Sin duda, nos dejará indiferentes.



http://es.wikipedia.org/wiki/Irena_Sendler



14 abr. 2011

El callejón de las Ánimas



La noche ya había comenzado a caer. Los últimos rayos solares se despedían de un primaveral día, tiñendo de naranja el reflejo azulado del cielo.
Alejandro paseaba por las angostas calles de aquel pintoresco pueblo, sin un rumbo en concreto, solo admiraba el ambiente medieval que aún conservaba aquella pequeña localidad que le había acogido durante un par de días.
De repente, se detuvo. El nombre que le habían dado a un estrecho y largo callejón le resultó curioso: El callejón de la Ánimas, rezaba una vieja placa apenas visible.
El callejón se presentaba oscuro, siniestro, tenuemente iluminado tan solo por dos pequeñas farolas. Sin embargo, un halo de misterio cargaba de atractivo el lóbrego pasadizo.
Alejandro, curioso, decidió continuar su paseo por aquella oscura callejuela, aprovechando que aún quedaba algo de luz y disponía de tiempo antes de que llegase la noche. Pero después de recorrer unos pocos metros, descubrió que la calle se hacía cada vez más estrecha y más siniestra.
Un olor a incienso acarició la nariz de Alejandro, que inspiró profundamente para embriagarse de aquel aroma de origen incierto.
Entonces apareció la mujer… Caminaba despacio y empujaba un viejo carricoche de color negro.
Alejandro se detuvo. La figura de la mujer se había hecho visible de repente, al final del callejón, donde la oscuridad impedía ver más allá.
Las ruedas del carricoche chirriaban, imitando al maullido de un pequeño gato, y la mujer, que parecía vestir de luto, se acercaba poco a poco hasta el punto donde se encontraba Alejandro.
Cuando llegó a su altura, la mujer se detuvo.
Alejandro se quedó unos segundos desconcertado, observándola de cerca…
Era muy alta, extremadamente delgada y cubría su cuerpo con un vestido negro que casi le llegaba hasta los pies. Su rostro permanecía velado tras un velo opaco.
Pero lo que más le sorprendió a Alejandro, era ver que en el carricoche no había ningún niño… No había nada…
- Buenas noches – logró balbucear.
Ella no se movió, no dijo nada…
- ¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?
Entonces, la mujer empezó a girar la cabeza lentamente hacía él, como si quisiera mirarle tras aquel velo y le costara trabajo.
- Sí… - susurró aquel espectro en un tono apenas audible.
Soltó el carricoche y alzó los brazos hacía él.
-¿Quieres ser mi hijo…? – preguntó con un hilo de voz.
Alejandro, visiblemente asustado, dio media vuelta y se dispuso a huir de aquella extraña mujer por donde había venido. Sin embargo, por más que avanzaba hacia la salida, no lograba encontrar el final de la calle. Era como si no se acabara nunca…
Tras él, el chirrido de las ruedas del carricoche se hacía eco en el callejón como si de una siniestra banda sonora se tratase.
Alejandro no sabía qué hacer. Si retrocedía, se encontraría de lleno con la mujer, si seguía corriendo hacía ningún lugar, acabaría agotado.
Finalmente decidió ocultarse en el rellano de un portal para intentar recuperar el aliento, pues su corazón le golpeaba el pecho de tal manera que pensó que se le saldría si no lo impedía.
De repente, como una pesadilla inacabada, la mujer apareció a su lado, moviéndose como si se tratara de una película a cámara lenta, como si estuviera a punto de romperse, como si no tuviera vida…
Alejandro gritó.

En la plaza del pueblo, muy próxima al callejón de las Ánimas, Agustín, un anciano que vivía allí desde que era un niño, oyó el eco de un grito que le resulto espeluznante.
La carne se le puso de gallina y supo en seguida que algún forastero despistado había entrado en el callejón de las Ánimas después de caer la noche…

6 abr. 2011

El Teatro de los fantasmas inquietos



Las luces se tornaban tenues, vaporosas, a penas imperceptibles. Semejaban a pequeñas almas incorpóreas que intentaban abrazarse en un balie de destellos difuminados y confusos, en un alarde de movimientos encendidos que ya no podían irradiar con la fuerza de antes. Era entonces cuando las sombras se entremezclaban con las sutiles luces, ávidas por engullir los pocos reflejos que aún pululaban por la sala.
No menos espectacular era el momento en el que el murmullo de la gente se iba apaciguando con desmesurada lentitud, pues acababa en un relajante silencio que ya no se dejaba romper con facilidad. Recuerdo ese instante como el clímax de la función, ya que, aunque la obra ni siquiera había comenzado, aquel momento era el preludio de la maravilla que estaba a punto de acontecer, la antesala de la historia que me embriagaría sin piedad hasta desconectar con el mundo real que mis pies pisaban todos los días. Entonces se abría el telón. El silencio se hacía aún más pausible. Yo me regodeaba en mi butaca como la niña inquieta que era, y tomaba posiciones para disfrutar de los mejores cincuenta minutos de cada sábado.
Ese día me había sentado al lado de la butaca vacía, en el asiento número catorce, el que siempre dejaban desocupado por aquello que decían de que el teatro nunca se podía llenar, siempre había que dejar un asiento libre para que no ocurriera una desgracia (eso era lo que yo oía, pero no acababa de entenderlo).
Tenía delante a una señora que llevaba un ostentoso sombrero adornado con plumas que no me dejaba a penas ver, pero mi pequeñez (los pies no me llegaban al suelo, y colgaban balanceantes) me impedía el aventurarme a decirle a la buena señora que se quitara aquello que fuese que llevaba en la cabeza.
El telón terminó de abrirse, y dejó al descubierto un pequeño escenario que pretendía aparentar el decorado de un viejo cementerio. Recuerdo como un humo serpenteante intentaba abrazar a las falsas lápidas de piedra, mientras el sonido de un lejano aullido retumbaba en la sala como un quejoso lamento.
Una sombra empezó a tomar forma en el escenario. La luz de los focos se iba intensificando hasta iluminar la silueta de una mujer que salía lentamente de la penumbra, con pasos vacilantes y con la mirada perdida más allá de la última fila de butacas. Se detuvo ante una de las lápidas, pero no posó sus ojos en ella, solo se acercó y la acarició con su delicada mano. Entonces sollozó, llevándose la mano a la boca, gimió desconsolada repitiendo un nombre que no pude entender muy bien.
- William… - Parecía susurrar – William…- ¿O quizás fuese “Lydia”?
La mujer, pulcramente vestida con una especie de camisón blanco que le llegaba hasta los pies (¿La gente iba al cementerio en pijama?) se arrodilló dejándose caer como si no tuviera peso, y hundió su pálida cara entre sus manos mientras el sollozo se hacía más fuerte.
- William – Volvió a repetir, ahora más claramente.
Entonces, la mujer del gorro de plumas se inclinó hacía lo que me figuré sería su marido, y le susurró al oído:
- Mira William, se llama como tu.
Que ingenua era la gente mayor ¿Tan raro era que hubiera nombre repetidos en el mundo? Yo me llamaba Sara y en mi clase éramos al menos tres Saras. Alargue mi cuello todo lo que pude con la absurda esperanza de poder ver a través de aquella maraña de plumas que se movían incansablemente de un lado a otro. Solo pude resoplar y cruzarme de brazos enfurruñada.
De repente, la mujer del escenario se incorporó con violencia y clavó sus ojos directamente en el público, aunque parecía no vernos.
- ¡Se lo tenía merecido! – Bramó con dureza – Tantos años viviendo en una mentira… Tantos… Se llevó entonces las dos manos a la boca como si se arrepintiera de lo que acababa de decir, y con un gesto de dolor en su rostro, nos fue dando la espalda lentamente mostrando una cabellera larga y rubia.
- Lo siento William, no es justo para ti… - Susurró
La señora con la pluma en la cabeza, volvió a inclinarse hacía su marido tapándome la poca perspectiva que tenía. Le susurró algo al oído que no pude entender. Me moví inquieta en mi asiento con la certidumbre de que la buena señora se percatara de su descaro, y dejara de cuchichear y de comportarse como una mosca revoltosa. No hubo suerte, es más, la mujer pluma, como ya empezaría a llamarla, se quedó inclinada sobre el hombro de su pobre y paciente marido, ocultando por completo mi pequeño rectángulo de visión. El cementerio y la actriz vestida de blanco, se convirtieron para mí en detalles inexistentes. Me acomodé en mi asiento, resignada y maldiciendo mi suerte, y cerré los ojos por un momento.
- Terrible ¿verdad?
La voz me sobresaltó tanto que di un respingo algo ridículo y quizás gracioso (para un mayor, para mi era algo importante) Mire hacía mi izquierda, a la butaca número catorce siempre vacía, y vi a un hombre de unos treinta y pocos años, vestido muy raro, con ropas muy antiguas, como si fueran de otra época o de otro siglo. Me recordó al protagonista de una obra que vi hace no mucho en este mismo teatro, “El retrato de Dorian Grey”, de un tal Oscar Wilde.
- Me refiero a esta señora… A este esperpento ¿No crees que es una falta de respeto abominable?
Me quede mirándolo con los ojos muy abiertos, tanto que creí que se me iban a caer de las cuencas para luego rodar despendolados por todo el suelo del teatro. ¿De dónde había salido aquel hombre tan extraño? La butaca estaba vacía…
- Pues…si – Dije yo casi en un susurro.
- Fíjate, los actores están haciendo su trabajo, y no es un trabajo cualquiera, es arte, interpretación, sentimiento. Es una combinación de colores cuyo lienzo es el escenario. Su tono de voz era grave, y cuando salía por su boca se tornaba melosa, con un toque casi aristocrático.
- En fin, siempre habrá gente que no sepa cuan importante es el trabajo de un actor. Me sorprendió mucho el ver que nadie se volvía para mirar al hombre y pedirle que se callara, ya que, al menos para mí, estaba hablando demasiado alto y desde luego debía de estar al alcance del oído de los demás espectadores.
- Oh, Dios santo – Exclamo apurado – Qué maleducado, he olvidado presentarme. Me llamo Álvaro de León ¿y tu eres…?
Me tendió su pálida mano y la miré unos segundos antes de posar la mía sobre la suya. Descubrí que tenía una piel pulcra e impoluta, libre de toda imperfección, era como si nunca las hubiera utilizado para realizar el más mínimo trabajo.
- Yo soy Sara – dije en un susurro, apurada por el ruido que debíamos de estar haciendo. Y entonces alargue mi pequeña mano para coger la suya. El corazón me dio un vuelco, me quedé estupefacta, atónita, a penas si podía sentir la sangre correr por mis venas. Mis dedos atravesaron su mano como si no hubieran tocado nada, como si aquel hombre, Álvaro de León, estuviera hecho de humo.
- Ah…si, es algo normal. Siempre olvido que no puedo tocar a la gente.
- ¿Es usted un fantasma? – pregunté con la boca tan abierta que creí que se me iba a desencajar la mandíbula.
Álvaro de León hizo un gesto con la mano como queriendo quitar importancia al asunto. - Si, bueno, desde hace casi cien años… Pero, por favor, no me llames de usted. Me considero un hombre joven ¿sabes?
De repente, la mujer pluma, se giró lentamente hasta posar sus cansados ojos en los míos. No tenía una mirada muy amigable, la verdad, y me dio un poco de repelús el verla tan de cerca. Tenía la cara pintada de forma exagerada, tanto, que el surco de sus múltiples arrugas se acentuaba aún más bajo ese manto de color artificial.
- ¿Has venido sola, niña? – Me preguntó la momia con rostro de señora en un tono serio y arrogante - ¿No tienes unos padre que te digan cuando guardar silencio? Mi respuesta fue un pestañeo incrédulo apenas perceptible. No pude defenderme de otra manera porque mi mente no era capaz de decretar nada que tuviera sentido en aquel momento. No disponía de una capacidad de respuesta acorde a las circunstancias.
Sin embargo, Álvaro de León, se quedó escrutando a la señora muy callado y con una expresión que revelaba indignación en sus rostro. Después de permanecer pensativo unos segundos, se incorporo lentamente y se inclinó hacía la mujer pluma sin que esta pudiera percatarse de su presencia. Entonces, con un movimiento rápido y ágil, le arrancó el sombrero emplumado, que salió volando por los aires como si fuera un platillo volante escacharrado que había perdido el rumbo.
- ¡Corra a por su sombrero y guarde su grosería en el bolsillo! – grito Álvaro de León. La señora se levantó del asiento a la vez que esbozaba un grito chillón y ridículo. Tenía la cara muy roja y se agarraba la cabeza como si se le fuera a caer al suelo.
- ¡Tu! Bicho enano – Bramó dirigiéndose a mi – Ve a por mi sombrero antes de que llame al vigilante y te meta en el calabozo.
La gente se incorporaba de los asientos para mirarnos, mientras la actriz vestida con su camisón blanco, había detenido su representado sollozo sin saber muy bien que ocurría y como debía de actuar.
Yo me espachurré en mi asiento con la esperanza de que nadie me viera, y balbuceé unas palabra que salieron de mi boca a trompicones.
- Yo no he sido… - logré decir, no sin bastante nerviosismo. - ¿Te atreves a mentir, niña endemoniada?
El marido de la mujer pluma se incorporo con un ademán de abatimiento en su rostro, y agarro a su esposa por el brazo para hacerla sentar.
- Vamos Gloria, no es más que una chiquilla. Siéntate que no dejas a nadie ver la obra. Mira, hasta la pobre actriz esta de brazos cruzados en el escenario. Gracias a la intervención del señor William Arrese, el afortunado esposo de de la buena señora, la obra pudo seguir sin más percance, y yo me libre de una buena reprimenda a cambio de recoger el sombrero que no había tirado.
Álvaro de León ya no estuvo en el resto de la representación. La butaca número catorce se quedó de nuevo vacía, pulcra, libre de toda mancha producida por el trasero del ser humano, que tantos estragos causaba en la delicada tela de los asientos, deformándola hasta dejar un hoyo en el que sentarse resultaba luego bastante incomodo.
No recuerdo haber estado tan enfadada como ese día. Por culpa del fantasma me había llevado un gran disgusto, y por si fuera poco, ni siquiera había tenido el valor de dar la cara (bueno, esto era un poco difícil. La gente se hubiera asustado) Pero, caray, me podía haber dado algo de apoyo, un “lo siento” al menos. Al fin y al cabo la señora se había metido conmigo, no con el. Desde luego, la experiencia de haber visto a un fantasma por primera vez no había sido muy amena.
Cuando acabó la función, me quede en mi butaca esperando a que saliera todo el mundo, pues me deba mucho pudor que la gente me viera después de la que se había liado. Estaba segura de que todo el mundo me señalaría con el dedo y se dirían unos a otros: mira, esa es la niña que ha arruinado la obra. Y luego me mirarían con desprecio, me tacharían de maleducada y para terminar, el dueño del teatro me prohibiría la entrada.
En diez minutos, se desalojo toda la sala. Afortunadamente no era muy grande y su aforo no permitía más de cien personas.
Sigilosamente, salí de la sala y me interné en el vestíbulo, donde aún quedaba gente, pero si me retrasaba más de lo debido, mi madre me regañaría también y entonces mi habitual sábado esplendoroso se convertiría en mi peor pesadilla.
El vestíbulo era todo de mármol, incluso las paredes, que reflejaban mi pequeño cuerpo mientras intentaba pasar desapercibida. Agaché la cabeza sin fijarme en la meticulosa decoración que tanto me gustaba: el techo abovedado cuyos cristales de colores parecían hacer mosaicos en el suelo, las ostentosas columnas que se asemejaban a los antiguos templos romanos, la gran lámpara hecha de diamantes en forma de lágrimas (entonces, yo pensaba que eran diamantes) que las señoras llamaban “araña” y que solían mirar con orgullo mientras se decían que ellas también tenían una en sus salones. Las fotos y retratos de viejos actores que habían pasado por el escenario durante los últimos cien años… No pude evitar el pararme un segundo y levantar la cabeza para ver los antiguos retratos. Nunca solía fijarme, pero me pareció que debía de tratarse de gente importante cuando los tenían expuestos con tanta delicadeza. Me cercioré de que nadie me miraba ni me señalaba con el dedo y abrí bien los ojos para captar por completo el retablo de cuadros pintados a mano que ocupaban gran parte de la pared de mármol.
No me costó trabajo reconocerlo, pues a apenas había pasado una hora desde que hablé con el. Era el retrato que se encontraba justo más arriba, al lado del rostro de una joven y bella actriz. Álvaro de León, rezaba, y más abajo: Fallecido en 1910 mientras representaba su gran obra “El señor de las ilusiones”.
- La verdad es que no estoy muy favorecido en ese retrato. Ese día me encontraba mal, con un terrible dolor de estómago.
Me volví hacía el fantasma y lo mire con toda la seriedad de la que fui capaz (no me salía muy bien esa mirada, porque tenía los ojos muy grandes y siempre parecía que estaba contenta) - No pienso hablar contigo – dije resentida – Por tu culpa la señora se ha enfadado conmigo. -Oh, esa señora es una necia. Alguien tenía que hacérselo saber.
- ¿Qué te pasó? ¿Por qué sigues aquí? – Pregunté, pues mi curiosidad podía más que mi enfado. Álvaro de León arqueó las cejas y movió graciosamente los morros, como si fuera a revelar un antiguo secreto que había permanecido oculto mucho tiempo.
- Verás…Fue mientras actuaba. Rodrigo, otro buen actor de mi compañía, y yo estábamos enfrentados por…por culpa de una mujer. Lo puedes ver en aquel retrato de allí, en el de la derecha – Señaló un cuadro con un marco grueso de color dorado, en el que se podía ver a un hombre con las facciones muy serías y duras, algo más mayor que Álvaro de León, y con el pelo muy blanco.
- Fue una traición, el acto cobarde de un desalmado. Me clavó un cuchillo cuando finalizábamos la función.
Miré al fantasma horrorizada. Realmente era una tragedia, como los cuentos que me relataba mi madre sobre espíritus desolados que no encontraban su redención por culpa de una muerte inesperada y temprana. Como esas almas que vagaban solitarias en busca de respuestas, e incluso a veces de venganza.
- Así que, desde entonces, me siento todos los sábados en la butaca libre y disfruto de todas las obras que ya no podré representar.
Sin darme cuenta, el reloj ya marcaba más de las ocho y media, y eso quería decir que el teatro había cerrado sus puertas hasta la mañana siguiente, que vinieran a limpiar.
En un abrir y cerrar de ojos, del que yo no fui consciente, la gente había desaparecido dejando el vestíbulo tan solo que resultaba frío e incómodo, como si una nube de desamparo se los hubiera tragado para retenerlos en algún lugar extraño, lejos del calor humano.
Álvaro de León también se había ido. Me había dejado sola en aquella maraña de desamparo.
- ¡Todo es por tu culpa! – Grité a la nada sabiendo que el fantasma podía escucharme desde algún lugar.
Corrí hacía la puerta principal y agarré sus enormes pomos con el pensamiento de que no podían estar cerradas, de que era imposible que me hubieran dejado allí sola. Pero no solo era posible, era una realidad.
Apoye mi menuda espalda en la doble hoja de la puerta principal y suspire aliviada al ver que al menos no habían apagado las luces.
Entonces, por el rabillo del ojo, vi como una sombra se deslizaba rápidamente por la puerta que daba a la sala de butacas. ¿Sería algún trabajador del teatro? Esperanzada, fui corriendo hacía la sala mientras mis zapatos resonaban por el mármol como si fueran agudos tambores. 
- ¿Hola? – Grité mirando a todas partes sin ver a nadie - ¿Hola? Me he quedado encerrada ¿Podría abrirme?
- Ja, ja, ja. Eso te pasa por hablar con quien no debes, niña. La voz parecía venir de detrás del escenario, justo donde se colocaban los actores entre escena y escena.
- ¿Quién es? – Pregunté con los ojos entornados y el ceño fruncido.
- Tu salvación – Esta vez, la voz vino de mi espalda…
Me volví, no muy sobresaltada pues empezaba a acostumbrarme, y vi a un hombre de mediana edad, con el pelo blanco y la piel del rostro sonrojada. Enseguida me acorde del retrato de Rodrigo que me había enseñado Álvaro de León. Era el, sin duda. Pero lejos de asustarme, le planté cara valientemente y le apunte con un dedo acusador que se movía amenazante.
- Ya sabía yo que tu también andarías por aquí… - Dije en un tono braveador. - ¿También moriste actuando?
El fantasma de Rodrigo movió la cabeza como si estuviera indignado y a la vez sorprendido por mis palabras.
- Pero que jovencita más insolente… ¡Nada de eso! He visto como hablabas con el traidor y como te creías sus mentiras, porque…- Se agachó para quedar a mi altura y bajó el tono de voz - …Fue el quien me asesino mientras actuaba…Bueno, en realidad nos asesinamos los dos. Estaba harta de aquella situación, harta de escuchar los cuentos de unos fantasmas aburridos que se habían encerrado en un teatro y que se dedicaban a tirar los sombreros de las señoras para que luego me culparan a mí. Tenía que acabar con ello cuanto antes. Tenía que salir de allí. - ¡Todo fue por tu culpa, Rodrigo! – Ahora era Álvaro de León quien gritaba desde el escenario. – Tu temperamento nos llevo a la tumba.
- ¿Mi temperamento dices? Tú me clavaste el cuchillo y yo me defendí.
Mientras ellos discutían acaloradamente, aproveche para alejarme de allí con unos pasos sigilosos, lentos y difíciles de detectar.
Rápidamente, más de lo que pensaba, llegue al vestíbulo y me dispuse a correr hacía la puerta principal, acordándome de que había un pequeño timbre en la parte superior que podía pulsar para que me escuchara alguien.
- ¿A dónde vas?
Álvaro de León apareció de la nada para cortarme el paso a tan solo un par de metros de la puerta.
- Si ¿A dónde vas?
Rodrigo se presentó detrás de mí.
Mi momentánea valentía estaba empezando a desaparecer por momentos. Ya no me sentía harta de la situación, sino más bien asustada. - Me voy a mi casa. Ya es tarde.
Álvaro de León se rió sonoramente, como lo hacen los actores malos cuando están apunto de culminar una terrible acción.
- Querida, ya no puedes volver a casa. Ahora tienes que quedarte aquí, con nosotros. Has de descubrir quien de los dos tiene razón. Rodrigo asintió con la cabeza apoyando la moción. - No, yo no puedo quedarme…
- Claro que puedes, y lo harás porque ya no hay marcha atrás. Te unirás a nosotros y decidirás quien tiene razón. Necesitamos a alguien que lo haga y tu te has sentado al lado de la butaca catorce, por eso te hemos elegido.
Mi pecho palpitaba rápidamente y sin descanso, intentando bombear toda la serenidad que fuera posible, pero aquella era una tarea demasiado difícil. Los dos fantasmas se acercaban a mí como los lobos se acercan a su presa, acechantes, hambrientos, con sus garras preparadas para atacar en cualquier momento… El ruido de los aplausos me hizo dar un brinco y me arranco de la butaca haciendo que mi corazón latiera con una fuerza inusual. Mire desorientada a todas partes y tarde en descubrir que me encontraba en el final de la función, con la gente levantada y aplaudiendo acaloradamente mientra gritaban “bravo”. Los actores hacían reverencias y miraban al público satisfechos.
Había sido un sueño. Todo lo había soñado. Suspiré aliviada y me dispuse a aplaudir como todos los demás para disimular mi descarada siesta. Y mi alegría fue en aumento, cuando vi delante de mí a la mujer pluma pronunciando palabras inaudibles en el oído de su marido.
Salimos de la sala a trompicones y llegamos al vestíbulo en medio de una avalancha de susurros incontenidos y de críticas severas. Esta vez si me fijé en la decoración, y no dude en disfrutar de ella sin el temor de que alguien me señalara con el dedo. Pude ver también, en el rellano de la puerta principal, como mi madre me esperaba de brazos cruzados y esbozando una media sonrisa que le iluminaba el rostro. Cuanto me alegré de verla…
- ¿Adónde vas?
Aquella voz… Aquel tono meloso… Me volví lentamente esperando que algún espectador se estuviera dirigiendo a mí, o que alguna persona conocida me hubiera reconocido en el vestíbulo y quisiera preguntarme cual era mi dirección, pero no fue eso lo que encontré. El rostro de Álvaro de León me observaba latente, escondido detrás de la marea humana que quería salir del teatro…



16 mar. 2011

A mi lado




Llantos que rompen el silencio, risas que enturbian el reposo
Mil días alegres, cien apenados
No importa que llueva, papá, estás a mi lado

Eco de sendas palabras, pálpitos de un corazón orgulloso
infancia lejana, recuerdos pasados
Tu enseñanza la llevo conmigo, papá, estás a mi lado

Puentes que dividen tierras, cielos que se tornan hermosos
Caminos separados, lugares extraños,
pero la distancia no existe, papá, cuando cojo tu mano.



Feliz día del padre. Felicidades, papá.

2 mar. 2011

La barca de Caronte

La barca de Caronte, por Joachin Patinir. Museo del Prado



El mar mecía sus aguas con la dulzura y la delicadeza que poseen los brazos de una madre. Arropaba una oscura profundidad infinita, imposible de distinguir, que albergaba suaves voces provenientes de jóvenes sirenas, que cantaban y susurraban en un baile de perfecta armonía.No había sol alguno en el horizonte, sin embargo, un rayo de luz caía sobre aquel extraño mar, bañando las olas de un color dorado e iluminando tenuemente la calidez de un paisaje inhóspito.No era aquel un lugar para llorar, pues no existía nada por lo que lamentarse ni nada por lo que entristecerse. Al menos esa fue la sensación que tuvo Adel cuando las templadas aguas de la orilla mojaron sus pies desnudos.No sabía cuánto tiempo llevaba allí, absorto en la visión de un cielo inexistente, ni cuál era el propósito de su visita a aquel atípico escenario.De repente, una barca salida de la nada, navegaba lentamente sobre la superficie de las aguas turquesas para aproximarse sosegadamente a Adel. Había alguien en ella: un hombre de brazos fuertes y piernas robustas, de pelo blanco y larga barba que hondeaba alegre en un juego infantil con la brisa. Un hombre que remaba, remaba, remaba…Adel lo esperó en la orilla, y cuando la pequeña barca de madera atracó cerca de sus pies, posó sus ojos en los del hombre, pero no pudo mantener su mirada durante mucho tiempo. No pudo sostener unos ojos transparentes, invisibles, cristalinos… No pudo.- Sube, te llevare a la otra orilla – Dijo el hombre con una voz profunda.Adel se sitió extraño. De repente, ya no le gustaba estar allí, en aquella tierra de nadie con aquel hombre advenedizo. Ya no le gustaba el mar de color turquesa ni el horizonte sin sol. El canto de las sirenas se le antojó triste, melancólico, sin brillo. Todo se había tornado realmente desagradable.- Puedes quedarte, si lo deseas, pero ya llevas mucho tiempo errando en la playa de los perdidos.Adel pensó en las palabras del hombre, y se preguntó cuánto tiempo llevaba con los pies mojados en la orilla.- No sé por qué estoy aquí – acertó a decir después de un largo silencio.El hombre lo miró sin expresión alguna, sin una emoción que delatara sus ocultos pensamientos.- Mi nombre es Caronte – Dijo – Llevo remando más de mil años, y llevo viéndote en esta orilla más de quinientos.Adel se sobrecogió al oír la terrible revelación del barquero.- ¿Quinientos años? Pero…Si acabo de abrir los ojos…El apacible mar que envolvía aquel mundo de locura, empezó a agitarse provocando un pequeño oleaje que antes apenas existía. El horizonte sin sol comenzó a tornarse más oscuro, y parecía amenazar alguna especie de lluvia o precipitación similar. Era difícil describir aquel paraje.- He de irme – Anunció Caronte – Se acercan las almas y no puedo llevarlas a todas.- ¡Espera! ¿A dónde vas?- A la otra orilla.- ¿Y qué hay allí?- No lo sé. Nunca he podido bajar de esta barca.El mar se movía ahora embravecido, lleno de furia y fuerza contenida. Era como si en algún momento alguien hubiera dicho algo ofensivo al rey de las aguas.Adel, en un impulso incomprensible, subió a la barca justo antes de que Caronte empezara a remar para alejarse de allí.El viaje fue tortuoso, pues la tempestad que asolaba al océano perdido lo convertía en una autentica aventura de supervivencia.Mucho tiempo pasó hasta que los ojos de Adel pudieron divisar un espejismo de tierra, allá, en el horizonte más lejano. Parecía una lengua difusa que intentaba abrirse paso en el mar.Pero entonces, Caronte, dejó de remar y la barca se fue parando lentamente cuando aún faltaban algunos kilómetros para llegar a la orilla. Se volvió hacía Adel, y lo miró con la profundidad de sus pupilas transparentes.- Llevo más de mil años remando, y nunca he podido bajar de esta barca – dijo muy serio – Yo también quiero llegar a la otra orilla.Y con una sorprendente agilidad, se zambulló en el agua dejando a Adel completamente sólo en aquella pequeña barca de madera.Se sintió impotente, perdido, quizás atemorizado también, pero sobre todo sintió ira cuando vio como Caronte llegaba a nado a la otra orilla, al lugar donde debería de haber llegado el. Era su recompensa, no la de aquel hombre.Agarró el remo con fuerza y miro la inmensidad que le rodeaba. Era como estar en ningún sitio y en todas partes a la vez.¿Qué ocurriría ahora? ¿Tendría que remar en busca de almas perdidas? ¿Se convertiría en el nuevo Caronte? ¿Y si también saltaba de la barca? Pero entonces supo que la barca no podía quedarse sola. Supo que el portador de ese remo estaba condenado a vagar por los mares recogiendo ánimas cuya única posibilidad de llegar al otro lado era atravesando el océano de los perdidos. Supo también, que la maldición a la que le había atado Caronte no era más que el principio de una absurda existencia de la que le sería muy difícil salir.Había estado quinientos años observando la nada en una playa de transición, para acabar mil años remando en unas aguas atestadas de traviesas sirenas que cantan sin cesar melancólicas melodías. Unas aguas que se embravecen o se calman a merced de algún dios caprichoso. Sin embargo, esos quinientos años de espera habían transcurrido sin apenas darse cuenta. Quizás su nueva tortura, acabase más pronto de lo que pensaba.

21 feb. 2011

Amanecer




Sale el sol por el lejano horizonte
Se cierne, despidiendo a la luna dormida
Y brilla, ocultando estrellas sin nombre

Amanece, tiñendo nubes de color cobre
Nos envuelve su calor para llenarnos de vida
Y tranquilos, sus rayos, despiertan al hombre

Abro los ojos para descubrir un nuevo día
Aguzo mis oídos para escuchar nuevas voces
Abro mis manos y digo adiós a la noche fría

Sale el sol por el lejano horizonte
Se enciende la luz, llega la alegría.

11 feb. 2011

El refugio de los pensamientos

Monasterio de las Huelgas Reales de Burgos


Las vistas desde aquella ventana eran espectaculares. A Carla no podía haberle tocado una habitación mejor. Desde su escritorio de estudio, podía ver como un pequeño bosque de abetos se extendía hasta alcanzar el horizonte, y justo en el centro de una angosta explanada, a pocos metros de su ventana, se encontraba el monasterio, una antigua construcción de piedra hermosamente conservada.
Carla había llegado a la residencia hacía tan solo dos días. Era estudiante de derecho y estaba haciendo un curso intensivo de verano en una recóndita universidad, alejada del bullicio de las ciudades.
Estudiar durante una semana entre aquel ambiente, se iba a convertir en una delicia…
Solía repasar durante un par de horas, después de las clases, y con la compañía del sol cayendo detrás de las montañas. Se sentaba en su escritorio, abría la ventana de par en par, y dejaba entrar el aroma del bosque mientras memorizaba aburridas leyes que no tardaría en olvidar.
A menudo se le hacía de noche, y los grillos no se demoraban en comenzar su canto para anunciar la llegada de las estrellas. Era entonces cuando una suave brisa entraba por la ventana, haciendo que la piel de Carla se pusiera de gallina. Aquella era la señal de que el estudio debía cesar para dejar paso al descanso.
Pero aquel día, en el que la brisa era más heladora de lo normal, Carla se quedó observando el monasterio antes de cerrar la ventana.
No era demasiado grande, pero la belleza de su estructura eclipsaba cualquier posible defecto.
De repente, una ventana situada en una pequeña torrecilla, se encendió, insinuando una gran estancia de altos techos. Un hombre joven, vestido con largos hábitos, apareció en la habitación encendida, sosteniendo una carta en una mano y una vela apagada en la otra.
Carla sabía que aquel monasterio estaba habitado por doce monjes pertenecientes a una orden ya casi extinta, pero le habían comentado que rara vez se dejaban ver, permaneciendo siempre ocultos entre las paredes del templo.
Sin poder contener la curiosidad, Carla permaneció en su escritorio, atenta a los movimientos del joven monje, que andaba por la habitación como si estuviera buscando algo.
Pasaron unos pocos minutos, en los que el monje aparecía y desaparecía de la ventana, dejando ver únicamente la sombra que su cuerpo proyectaba en la pared.
Por fin, se detuvo. Parecía haber encontrado lo que buscaba. Se hizo visible de nuevo en la ventana, y Carla pudo ver como sostenía ahora una larga banqueta de madera.
Con sumo cuidado la puso en el suelo, se guardó la carta que llevaba en el bolsillo derecho de su hábito y se quedó pensativo unos momentos, con la mirada perdida en algún lugar de la estancia.
El comportamiento del clérigo era bastante extraño, y Carla pensó que quizás no debería entrometerse en lo que, posiblemente, fuera algo privado para aquella persona.
Empezaba a sentirse como James St
ewart en la Ventana indiscreta, y decidió que sería mejor dejar el espionaje furtivo y devolver la intimidad al joven monje.
Sin embargo, antes de que pudiese obedecer a su conciencia, vio como el clérigo se subía a la banqueta y alzaba las manos hacía el techo para coger algo que ella no alcanzaba ver.
Por un momento pensó que una cuerda colgaría del techo, y la imagen del joven religioso ahorcado bajo el peso de una viga, se coló en su mente haciendo que el corazón se le desbocara. Pero no fue eso lo que ocurrió…
Del techo se abrió una trampilla y de ella se descolgó una vieja escalera de madera que llegaba casi hasta el suelo.
“Esto sí que es bueno”, pensó Carla “Un pasadizo secreto…”
El monje subió por la estrecha escalera y desapareció en la oscuridad de alguna estancia oculta en el tejado de la torrecilla.
Carla se quedó con la miel en los labios pensado en qué habría tras aquella trampilla, y le vino a la mente la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, que había leído hacía bastantes años. Se imaginó una biblioteca milenaria escondida entre las paredes de la torrecilla, donde en una gran mesa de madera de roble, se fraguaba una conspiración…
Se rio para sí misma y se dispuso a cerrar la ventana, pero un nuevo movimiento en la habitación encendida, la detuvo.
El joven monje bajaba la escalera de la trampilla. Parecía haber terminado lo que estuviera haciendo allí.
Recogió todo con gran rapidez y no quedó rastro de ninguna puerta oculta. Fue entonces cuando, antes de irse, miró de reojo a la ventana abierta y por un momento, pareció posar sus ojos en los de Carla.
“Qué vergüenza…” pensó ella “Seguro que me ha visto”.
Decidió que aquel espionaje debía acabarse ya, y cerró por fin la ventana despidiéndose del antiguo monasterio hasta el día siguiente.

No volvió a ver movimiento en ninguna de las estancias del templo, sin embargo, un día antes de marcharse de aquel idílico paisaje, recibió una extraña visita inesperada.
Un compañero de estudios le avisó de que alguien preguntaba por ella en el vestíbulo, pero lo curioso estaba en que no preguntaban por Carla Revelles, sino por la chica de la habitación frente al monasterio.
Llena de intriga, se dispuso a presentarse ante la peculiar visita, y para su sorpresa, se encontró con un monje de cuidados hábitos, bastante mayor y con cara de pocos amigos.
Los nervios de Carla fueron en aumento.
- Disculpe que la moleste, señorita, pero necesito hablar con usted un momento. No tardaré mucho.
El clérigo parecía preocupado…
Carla asintió y esperó a que el hombre continuara hablando.
- Convivimos con la cercanía de esta residencia desde hace tiempo y, aunque no nos guste, ya estamos acostumbrados a los jóvenes que vienen por aquí. Pero a veces eso trae problemas…
El monje sacó una carta del bolsillo de su hábito y suspiró pesadamente, como si el sobre le pesara en las manos.
- Verá, tenemos en nuestra orden a un joven monje que lleva poco tiempo. Es de espíritu algo indomable y aún está un poco perdido, así que su comportamiento a veces no es muy adecuado.
Carla estaba cada vez más intrigada. Pensó que alguien la había visto espiando el otro día y que eso les había molestado, pero, no parecía tratarse de aquello… ¿O sí?
- La venta de su cuarto da a nuestro monasterio y más concretamente, a los aposentos del joven monje, que siempre permanece en la oscuridad, como todos nosotros y… resulta que he encontrado esta carta en El refugio de los pensamientos
- ¿Disculpe? – preguntó Carla, pues no sabía de qué hablaba.
- El refugio de los pensamientos es una estancia en la que depositamos en un sobre nuestros deseos más ocultos, pero no necesita saber más detalles. Lo que vengo a decirle es que nuestro joven religioso lleva días observándola desde sus aposentos y… según esta carta que ha escrito parece haberse enamorado de usted.
Carla estaba perpleja. Resulta que no era ella la de la ventana indiscreta, sino el monje de la trampilla secreta ¿Sería aquella estancia El refugio de los pensamientos?
El viejo monje le pidió por favor que cambiase de habitación, pero Carla le dijo que esa misma noche ya se iba, pues había terminado el curso intensivo.

Aquella anécdota la dejó bastante afectada. Un hombre se había enamorado de ella, y ni siquiera le conocía… Sólo le había visto una noche, en la lejanía de una ventana del monasterio, cubierto por un elegante hábito de clérigo y llevando una carta plasmada de deseos y de incertidumbres, a una estancia llamada El refugio de los pensamientos…

14 ene. 2011

El planeta azul




En algún lugar de este universo, de estas brillantes estrellas que iluminan nuestras noches más oscuras, se esconde un pequeño planeta que gira alrededor de un sol lozano.
En algún lugar de este mundo, escondido entre lejanas galaxias que se expanden sin que podamos darnos cuenta, se oculta un angosto planeta cuyo color nos recuerda al cielo de un bonito día soleado.
Si nos acercamos un poco a este mundo, vemos que la vida fluye de él, como la fuerza del nacimiento de un río cuando lucha por salir de su encierro. Se trata, pues, del tesoro más preciado que guarda el misterioso planeta, sin embargo, al aproximarnos aún más, descubrimos que la verdadera fortuna de este inhóspito lugar, se encuentra en una extraña energía cuyo nombre es “amor”. Es bastante difícil de entender, pero fácil de aplicar, y por lo que podemos observar, esta energía ejerce tanta influencia, que hace que la vida en el planeta que acabamos de descubrir, se mueva al compás de este singular sentimiento, provocando verdaderos cambios en la materia del universo. Pero este detalle es desconocido para los seres que habitan este lugar.
Realmente quedamos impresionados por la belleza del planeta, por la cantidad de seres vivos que su naturaleza acoge como si fuera una madre. Cuida de ellos y los protege, aunque, nos vemos entristecidos al descubrir que los seres más inteligentes se comportan de la manera menos inteligente, haciendo enfadar, e incluso llorar, a la naturaleza que les da la vida.
Nos ha gustado mucho este nuevo mundo, y, sin que sus habitantes lo sepan, de vez en cuando venimos a verlo, siempre en la distancia y en forma de estrella.

5 ene. 2011

Nuevo año, nuevos momentos, nuevas alegrías…



Estrenamos un nuevo año. Parece que todo sigue igual, pero, no nos damos cuenta de que cada día es diferente, de que la sangre que corre por nuestras venas ya no es la misma…

Estrenamos un nuevo año y no sabemos qué nos deparan estos inéditos días. Todo queda a merced de la magia de la vida y de nuestras pequeñas decisiones.

Aprendamos a disfrutar de aquellos momentos felices, que muchas veces pasamos por alto, pues es lo mejor que tenemos.

Os deseo a todos un feliz 2011.