16 mar. 2011

A mi lado




Llantos que rompen el silencio, risas que enturbian el reposo
Mil días alegres, cien apenados
No importa que llueva, papá, estás a mi lado

Eco de sendas palabras, pálpitos de un corazón orgulloso
infancia lejana, recuerdos pasados
Tu enseñanza la llevo conmigo, papá, estás a mi lado

Puentes que dividen tierras, cielos que se tornan hermosos
Caminos separados, lugares extraños,
pero la distancia no existe, papá, cuando cojo tu mano.



Feliz día del padre. Felicidades, papá.

2 mar. 2011

La barca de Caronte

La barca de Caronte, por Joachin Patinir. Museo del Prado



El mar mecía sus aguas con la dulzura y la delicadeza que poseen los brazos de una madre. Arropaba una oscura profundidad infinita, imposible de distinguir, que albergaba suaves voces provenientes de jóvenes sirenas, que cantaban y susurraban en un baile de perfecta armonía.No había sol alguno en el horizonte, sin embargo, un rayo de luz caía sobre aquel extraño mar, bañando las olas de un color dorado e iluminando tenuemente la calidez de un paisaje inhóspito.No era aquel un lugar para llorar, pues no existía nada por lo que lamentarse ni nada por lo que entristecerse. Al menos esa fue la sensación que tuvo Adel cuando las templadas aguas de la orilla mojaron sus pies desnudos.No sabía cuánto tiempo llevaba allí, absorto en la visión de un cielo inexistente, ni cuál era el propósito de su visita a aquel atípico escenario.De repente, una barca salida de la nada, navegaba lentamente sobre la superficie de las aguas turquesas para aproximarse sosegadamente a Adel. Había alguien en ella: un hombre de brazos fuertes y piernas robustas, de pelo blanco y larga barba que hondeaba alegre en un juego infantil con la brisa. Un hombre que remaba, remaba, remaba…Adel lo esperó en la orilla, y cuando la pequeña barca de madera atracó cerca de sus pies, posó sus ojos en los del hombre, pero no pudo mantener su mirada durante mucho tiempo. No pudo sostener unos ojos transparentes, invisibles, cristalinos… No pudo.- Sube, te llevare a la otra orilla – Dijo el hombre con una voz profunda.Adel se sitió extraño. De repente, ya no le gustaba estar allí, en aquella tierra de nadie con aquel hombre advenedizo. Ya no le gustaba el mar de color turquesa ni el horizonte sin sol. El canto de las sirenas se le antojó triste, melancólico, sin brillo. Todo se había tornado realmente desagradable.- Puedes quedarte, si lo deseas, pero ya llevas mucho tiempo errando en la playa de los perdidos.Adel pensó en las palabras del hombre, y se preguntó cuánto tiempo llevaba con los pies mojados en la orilla.- No sé por qué estoy aquí – acertó a decir después de un largo silencio.El hombre lo miró sin expresión alguna, sin una emoción que delatara sus ocultos pensamientos.- Mi nombre es Caronte – Dijo – Llevo remando más de mil años, y llevo viéndote en esta orilla más de quinientos.Adel se sobrecogió al oír la terrible revelación del barquero.- ¿Quinientos años? Pero…Si acabo de abrir los ojos…El apacible mar que envolvía aquel mundo de locura, empezó a agitarse provocando un pequeño oleaje que antes apenas existía. El horizonte sin sol comenzó a tornarse más oscuro, y parecía amenazar alguna especie de lluvia o precipitación similar. Era difícil describir aquel paraje.- He de irme – Anunció Caronte – Se acercan las almas y no puedo llevarlas a todas.- ¡Espera! ¿A dónde vas?- A la otra orilla.- ¿Y qué hay allí?- No lo sé. Nunca he podido bajar de esta barca.El mar se movía ahora embravecido, lleno de furia y fuerza contenida. Era como si en algún momento alguien hubiera dicho algo ofensivo al rey de las aguas.Adel, en un impulso incomprensible, subió a la barca justo antes de que Caronte empezara a remar para alejarse de allí.El viaje fue tortuoso, pues la tempestad que asolaba al océano perdido lo convertía en una autentica aventura de supervivencia.Mucho tiempo pasó hasta que los ojos de Adel pudieron divisar un espejismo de tierra, allá, en el horizonte más lejano. Parecía una lengua difusa que intentaba abrirse paso en el mar.Pero entonces, Caronte, dejó de remar y la barca se fue parando lentamente cuando aún faltaban algunos kilómetros para llegar a la orilla. Se volvió hacía Adel, y lo miró con la profundidad de sus pupilas transparentes.- Llevo más de mil años remando, y nunca he podido bajar de esta barca – dijo muy serio – Yo también quiero llegar a la otra orilla.Y con una sorprendente agilidad, se zambulló en el agua dejando a Adel completamente sólo en aquella pequeña barca de madera.Se sintió impotente, perdido, quizás atemorizado también, pero sobre todo sintió ira cuando vio como Caronte llegaba a nado a la otra orilla, al lugar donde debería de haber llegado el. Era su recompensa, no la de aquel hombre.Agarró el remo con fuerza y miro la inmensidad que le rodeaba. Era como estar en ningún sitio y en todas partes a la vez.¿Qué ocurriría ahora? ¿Tendría que remar en busca de almas perdidas? ¿Se convertiría en el nuevo Caronte? ¿Y si también saltaba de la barca? Pero entonces supo que la barca no podía quedarse sola. Supo que el portador de ese remo estaba condenado a vagar por los mares recogiendo ánimas cuya única posibilidad de llegar al otro lado era atravesando el océano de los perdidos. Supo también, que la maldición a la que le había atado Caronte no era más que el principio de una absurda existencia de la que le sería muy difícil salir.Había estado quinientos años observando la nada en una playa de transición, para acabar mil años remando en unas aguas atestadas de traviesas sirenas que cantan sin cesar melancólicas melodías. Unas aguas que se embravecen o se calman a merced de algún dios caprichoso. Sin embargo, esos quinientos años de espera habían transcurrido sin apenas darse cuenta. Quizás su nueva tortura, acabase más pronto de lo que pensaba.