26 abr. 2011

Valiente



Alzó la cabeza y le miró a los ojos. Quería ser valiente, quería decirle que aquello no le parecía bien, pero no lo hizo. No pudo. Agachó de nuevo la mirada y frunció el ceño en señal de derrota.
El hombre, que ni siquiera había visto el osado amago de Amy, continuaba torturando a su prisionero, en busca de una respuesta que nunca le daría, porque no la sabía.
Amy, observaba horrorizada como las heridas del preso sangraban abundantemente, dejando una mancha escarlata en las sucias baldosas del suelo. Era como si el color de la vida empezara a apagarse, disolviéndose al perder contacto con el cuerpo que lo contenía.
Amy sabía que, una vez acabase la tortura, si sobrevivía, tendría que curarle las heridas. Tendría que mirarle a los ojos y explicarle sin palabras por qué no le había ayudado.
“Sólo soy una enfermera” Le diría “Si te ayudo, podrían matarme”.
¿Le hubiera ayudado el prisionero a ella, si se encontrase en su misma situación? Amy nunca conocería la respuesta, pero sí sabía que ella no había sido capaz de detener aquella tortura, al igual que muchas otras.
“Yo no soy valiente” Se dijo a sí misma. Y cerró los puños mientras observaba impotente como la vida del preso se escapaba ante sus ojos.




La historia de Irena sendler me ha inspirado para escribir este pequeño relato. Irena fue una mujer valiente, muy valiente, que salvó a más de 2500 niños judíos del Gueto de Varsovia, poniendo su propia vida en peligro.
A los que no conozcáis su historia, os invito a que la leáis en este enlace. Sin duda, nos dejará indiferentes.



http://es.wikipedia.org/wiki/Irena_Sendler



14 abr. 2011

El callejón de las Ánimas



La noche ya había comenzado a caer. Los últimos rayos solares se despedían de un primaveral día, tiñendo de naranja el reflejo azulado del cielo.
Alejandro paseaba por las angostas calles de aquel pintoresco pueblo, sin un rumbo en concreto, solo admiraba el ambiente medieval que aún conservaba aquella pequeña localidad que le había acogido durante un par de días.
De repente, se detuvo. El nombre que le habían dado a un estrecho y largo callejón le resultó curioso: El callejón de la Ánimas, rezaba una vieja placa apenas visible.
El callejón se presentaba oscuro, siniestro, tenuemente iluminado tan solo por dos pequeñas farolas. Sin embargo, un halo de misterio cargaba de atractivo el lóbrego pasadizo.
Alejandro, curioso, decidió continuar su paseo por aquella oscura callejuela, aprovechando que aún quedaba algo de luz y disponía de tiempo antes de que llegase la noche. Pero después de recorrer unos pocos metros, descubrió que la calle se hacía cada vez más estrecha y más siniestra.
Un olor a incienso acarició la nariz de Alejandro, que inspiró profundamente para embriagarse de aquel aroma de origen incierto.
Entonces apareció la mujer… Caminaba despacio y empujaba un viejo carricoche de color negro.
Alejandro se detuvo. La figura de la mujer se había hecho visible de repente, al final del callejón, donde la oscuridad impedía ver más allá.
Las ruedas del carricoche chirriaban, imitando al maullido de un pequeño gato, y la mujer, que parecía vestir de luto, se acercaba poco a poco hasta el punto donde se encontraba Alejandro.
Cuando llegó a su altura, la mujer se detuvo.
Alejandro se quedó unos segundos desconcertado, observándola de cerca…
Era muy alta, extremadamente delgada y cubría su cuerpo con un vestido negro que casi le llegaba hasta los pies. Su rostro permanecía velado tras un velo opaco.
Pero lo que más le sorprendió a Alejandro, era ver que en el carricoche no había ningún niño… No había nada…
- Buenas noches – logró balbucear.
Ella no se movió, no dijo nada…
- ¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?
Entonces, la mujer empezó a girar la cabeza lentamente hacía él, como si quisiera mirarle tras aquel velo y le costara trabajo.
- Sí… - susurró aquel espectro en un tono apenas audible.
Soltó el carricoche y alzó los brazos hacía él.
-¿Quieres ser mi hijo…? – preguntó con un hilo de voz.
Alejandro, visiblemente asustado, dio media vuelta y se dispuso a huir de aquella extraña mujer por donde había venido. Sin embargo, por más que avanzaba hacia la salida, no lograba encontrar el final de la calle. Era como si no se acabara nunca…
Tras él, el chirrido de las ruedas del carricoche se hacía eco en el callejón como si de una siniestra banda sonora se tratase.
Alejandro no sabía qué hacer. Si retrocedía, se encontraría de lleno con la mujer, si seguía corriendo hacía ningún lugar, acabaría agotado.
Finalmente decidió ocultarse en el rellano de un portal para intentar recuperar el aliento, pues su corazón le golpeaba el pecho de tal manera que pensó que se le saldría si no lo impedía.
De repente, como una pesadilla inacabada, la mujer apareció a su lado, moviéndose como si se tratara de una película a cámara lenta, como si estuviera a punto de romperse, como si no tuviera vida…
Alejandro gritó.

En la plaza del pueblo, muy próxima al callejón de las Ánimas, Agustín, un anciano que vivía allí desde que era un niño, oyó el eco de un grito que le resulto espeluznante.
La carne se le puso de gallina y supo en seguida que algún forastero despistado había entrado en el callejón de las Ánimas después de caer la noche…

6 abr. 2011

El Teatro de los fantasmas inquietos



Las luces se tornaban tenues, vaporosas, a penas imperceptibles. Semejaban a pequeñas almas incorpóreas que intentaban abrazarse en un balie de destellos difuminados y confusos, en un alarde de movimientos encendidos que ya no podían irradiar con la fuerza de antes. Era entonces cuando las sombras se entremezclaban con las sutiles luces, ávidas por engullir los pocos reflejos que aún pululaban por la sala.
No menos espectacular era el momento en el que el murmullo de la gente se iba apaciguando con desmesurada lentitud, pues acababa en un relajante silencio que ya no se dejaba romper con facilidad. Recuerdo ese instante como el clímax de la función, ya que, aunque la obra ni siquiera había comenzado, aquel momento era el preludio de la maravilla que estaba a punto de acontecer, la antesala de la historia que me embriagaría sin piedad hasta desconectar con el mundo real que mis pies pisaban todos los días. Entonces se abría el telón. El silencio se hacía aún más pausible. Yo me regodeaba en mi butaca como la niña inquieta que era, y tomaba posiciones para disfrutar de los mejores cincuenta minutos de cada sábado.
Ese día me había sentado al lado de la butaca vacía, en el asiento número catorce, el que siempre dejaban desocupado por aquello que decían de que el teatro nunca se podía llenar, siempre había que dejar un asiento libre para que no ocurriera una desgracia (eso era lo que yo oía, pero no acababa de entenderlo).
Tenía delante a una señora que llevaba un ostentoso sombrero adornado con plumas que no me dejaba a penas ver, pero mi pequeñez (los pies no me llegaban al suelo, y colgaban balanceantes) me impedía el aventurarme a decirle a la buena señora que se quitara aquello que fuese que llevaba en la cabeza.
El telón terminó de abrirse, y dejó al descubierto un pequeño escenario que pretendía aparentar el decorado de un viejo cementerio. Recuerdo como un humo serpenteante intentaba abrazar a las falsas lápidas de piedra, mientras el sonido de un lejano aullido retumbaba en la sala como un quejoso lamento.
Una sombra empezó a tomar forma en el escenario. La luz de los focos se iba intensificando hasta iluminar la silueta de una mujer que salía lentamente de la penumbra, con pasos vacilantes y con la mirada perdida más allá de la última fila de butacas. Se detuvo ante una de las lápidas, pero no posó sus ojos en ella, solo se acercó y la acarició con su delicada mano. Entonces sollozó, llevándose la mano a la boca, gimió desconsolada repitiendo un nombre que no pude entender muy bien.
- William… - Parecía susurrar – William…- ¿O quizás fuese “Lydia”?
La mujer, pulcramente vestida con una especie de camisón blanco que le llegaba hasta los pies (¿La gente iba al cementerio en pijama?) se arrodilló dejándose caer como si no tuviera peso, y hundió su pálida cara entre sus manos mientras el sollozo se hacía más fuerte.
- William – Volvió a repetir, ahora más claramente.
Entonces, la mujer del gorro de plumas se inclinó hacía lo que me figuré sería su marido, y le susurró al oído:
- Mira William, se llama como tu.
Que ingenua era la gente mayor ¿Tan raro era que hubiera nombre repetidos en el mundo? Yo me llamaba Sara y en mi clase éramos al menos tres Saras. Alargue mi cuello todo lo que pude con la absurda esperanza de poder ver a través de aquella maraña de plumas que se movían incansablemente de un lado a otro. Solo pude resoplar y cruzarme de brazos enfurruñada.
De repente, la mujer del escenario se incorporó con violencia y clavó sus ojos directamente en el público, aunque parecía no vernos.
- ¡Se lo tenía merecido! – Bramó con dureza – Tantos años viviendo en una mentira… Tantos… Se llevó entonces las dos manos a la boca como si se arrepintiera de lo que acababa de decir, y con un gesto de dolor en su rostro, nos fue dando la espalda lentamente mostrando una cabellera larga y rubia.
- Lo siento William, no es justo para ti… - Susurró
La señora con la pluma en la cabeza, volvió a inclinarse hacía su marido tapándome la poca perspectiva que tenía. Le susurró algo al oído que no pude entender. Me moví inquieta en mi asiento con la certidumbre de que la buena señora se percatara de su descaro, y dejara de cuchichear y de comportarse como una mosca revoltosa. No hubo suerte, es más, la mujer pluma, como ya empezaría a llamarla, se quedó inclinada sobre el hombro de su pobre y paciente marido, ocultando por completo mi pequeño rectángulo de visión. El cementerio y la actriz vestida de blanco, se convirtieron para mí en detalles inexistentes. Me acomodé en mi asiento, resignada y maldiciendo mi suerte, y cerré los ojos por un momento.
- Terrible ¿verdad?
La voz me sobresaltó tanto que di un respingo algo ridículo y quizás gracioso (para un mayor, para mi era algo importante) Mire hacía mi izquierda, a la butaca número catorce siempre vacía, y vi a un hombre de unos treinta y pocos años, vestido muy raro, con ropas muy antiguas, como si fueran de otra época o de otro siglo. Me recordó al protagonista de una obra que vi hace no mucho en este mismo teatro, “El retrato de Dorian Grey”, de un tal Oscar Wilde.
- Me refiero a esta señora… A este esperpento ¿No crees que es una falta de respeto abominable?
Me quede mirándolo con los ojos muy abiertos, tanto que creí que se me iban a caer de las cuencas para luego rodar despendolados por todo el suelo del teatro. ¿De dónde había salido aquel hombre tan extraño? La butaca estaba vacía…
- Pues…si – Dije yo casi en un susurro.
- Fíjate, los actores están haciendo su trabajo, y no es un trabajo cualquiera, es arte, interpretación, sentimiento. Es una combinación de colores cuyo lienzo es el escenario. Su tono de voz era grave, y cuando salía por su boca se tornaba melosa, con un toque casi aristocrático.
- En fin, siempre habrá gente que no sepa cuan importante es el trabajo de un actor. Me sorprendió mucho el ver que nadie se volvía para mirar al hombre y pedirle que se callara, ya que, al menos para mí, estaba hablando demasiado alto y desde luego debía de estar al alcance del oído de los demás espectadores.
- Oh, Dios santo – Exclamo apurado – Qué maleducado, he olvidado presentarme. Me llamo Álvaro de León ¿y tu eres…?
Me tendió su pálida mano y la miré unos segundos antes de posar la mía sobre la suya. Descubrí que tenía una piel pulcra e impoluta, libre de toda imperfección, era como si nunca las hubiera utilizado para realizar el más mínimo trabajo.
- Yo soy Sara – dije en un susurro, apurada por el ruido que debíamos de estar haciendo. Y entonces alargue mi pequeña mano para coger la suya. El corazón me dio un vuelco, me quedé estupefacta, atónita, a penas si podía sentir la sangre correr por mis venas. Mis dedos atravesaron su mano como si no hubieran tocado nada, como si aquel hombre, Álvaro de León, estuviera hecho de humo.
- Ah…si, es algo normal. Siempre olvido que no puedo tocar a la gente.
- ¿Es usted un fantasma? – pregunté con la boca tan abierta que creí que se me iba a desencajar la mandíbula.
Álvaro de León hizo un gesto con la mano como queriendo quitar importancia al asunto. - Si, bueno, desde hace casi cien años… Pero, por favor, no me llames de usted. Me considero un hombre joven ¿sabes?
De repente, la mujer pluma, se giró lentamente hasta posar sus cansados ojos en los míos. No tenía una mirada muy amigable, la verdad, y me dio un poco de repelús el verla tan de cerca. Tenía la cara pintada de forma exagerada, tanto, que el surco de sus múltiples arrugas se acentuaba aún más bajo ese manto de color artificial.
- ¿Has venido sola, niña? – Me preguntó la momia con rostro de señora en un tono serio y arrogante - ¿No tienes unos padre que te digan cuando guardar silencio? Mi respuesta fue un pestañeo incrédulo apenas perceptible. No pude defenderme de otra manera porque mi mente no era capaz de decretar nada que tuviera sentido en aquel momento. No disponía de una capacidad de respuesta acorde a las circunstancias.
Sin embargo, Álvaro de León, se quedó escrutando a la señora muy callado y con una expresión que revelaba indignación en sus rostro. Después de permanecer pensativo unos segundos, se incorporo lentamente y se inclinó hacía la mujer pluma sin que esta pudiera percatarse de su presencia. Entonces, con un movimiento rápido y ágil, le arrancó el sombrero emplumado, que salió volando por los aires como si fuera un platillo volante escacharrado que había perdido el rumbo.
- ¡Corra a por su sombrero y guarde su grosería en el bolsillo! – grito Álvaro de León. La señora se levantó del asiento a la vez que esbozaba un grito chillón y ridículo. Tenía la cara muy roja y se agarraba la cabeza como si se le fuera a caer al suelo.
- ¡Tu! Bicho enano – Bramó dirigiéndose a mi – Ve a por mi sombrero antes de que llame al vigilante y te meta en el calabozo.
La gente se incorporaba de los asientos para mirarnos, mientras la actriz vestida con su camisón blanco, había detenido su representado sollozo sin saber muy bien que ocurría y como debía de actuar.
Yo me espachurré en mi asiento con la esperanza de que nadie me viera, y balbuceé unas palabra que salieron de mi boca a trompicones.
- Yo no he sido… - logré decir, no sin bastante nerviosismo. - ¿Te atreves a mentir, niña endemoniada?
El marido de la mujer pluma se incorporo con un ademán de abatimiento en su rostro, y agarro a su esposa por el brazo para hacerla sentar.
- Vamos Gloria, no es más que una chiquilla. Siéntate que no dejas a nadie ver la obra. Mira, hasta la pobre actriz esta de brazos cruzados en el escenario. Gracias a la intervención del señor William Arrese, el afortunado esposo de de la buena señora, la obra pudo seguir sin más percance, y yo me libre de una buena reprimenda a cambio de recoger el sombrero que no había tirado.
Álvaro de León ya no estuvo en el resto de la representación. La butaca número catorce se quedó de nuevo vacía, pulcra, libre de toda mancha producida por el trasero del ser humano, que tantos estragos causaba en la delicada tela de los asientos, deformándola hasta dejar un hoyo en el que sentarse resultaba luego bastante incomodo.
No recuerdo haber estado tan enfadada como ese día. Por culpa del fantasma me había llevado un gran disgusto, y por si fuera poco, ni siquiera había tenido el valor de dar la cara (bueno, esto era un poco difícil. La gente se hubiera asustado) Pero, caray, me podía haber dado algo de apoyo, un “lo siento” al menos. Al fin y al cabo la señora se había metido conmigo, no con el. Desde luego, la experiencia de haber visto a un fantasma por primera vez no había sido muy amena.
Cuando acabó la función, me quede en mi butaca esperando a que saliera todo el mundo, pues me deba mucho pudor que la gente me viera después de la que se había liado. Estaba segura de que todo el mundo me señalaría con el dedo y se dirían unos a otros: mira, esa es la niña que ha arruinado la obra. Y luego me mirarían con desprecio, me tacharían de maleducada y para terminar, el dueño del teatro me prohibiría la entrada.
En diez minutos, se desalojo toda la sala. Afortunadamente no era muy grande y su aforo no permitía más de cien personas.
Sigilosamente, salí de la sala y me interné en el vestíbulo, donde aún quedaba gente, pero si me retrasaba más de lo debido, mi madre me regañaría también y entonces mi habitual sábado esplendoroso se convertiría en mi peor pesadilla.
El vestíbulo era todo de mármol, incluso las paredes, que reflejaban mi pequeño cuerpo mientras intentaba pasar desapercibida. Agaché la cabeza sin fijarme en la meticulosa decoración que tanto me gustaba: el techo abovedado cuyos cristales de colores parecían hacer mosaicos en el suelo, las ostentosas columnas que se asemejaban a los antiguos templos romanos, la gran lámpara hecha de diamantes en forma de lágrimas (entonces, yo pensaba que eran diamantes) que las señoras llamaban “araña” y que solían mirar con orgullo mientras se decían que ellas también tenían una en sus salones. Las fotos y retratos de viejos actores que habían pasado por el escenario durante los últimos cien años… No pude evitar el pararme un segundo y levantar la cabeza para ver los antiguos retratos. Nunca solía fijarme, pero me pareció que debía de tratarse de gente importante cuando los tenían expuestos con tanta delicadeza. Me cercioré de que nadie me miraba ni me señalaba con el dedo y abrí bien los ojos para captar por completo el retablo de cuadros pintados a mano que ocupaban gran parte de la pared de mármol.
No me costó trabajo reconocerlo, pues a apenas había pasado una hora desde que hablé con el. Era el retrato que se encontraba justo más arriba, al lado del rostro de una joven y bella actriz. Álvaro de León, rezaba, y más abajo: Fallecido en 1910 mientras representaba su gran obra “El señor de las ilusiones”.
- La verdad es que no estoy muy favorecido en ese retrato. Ese día me encontraba mal, con un terrible dolor de estómago.
Me volví hacía el fantasma y lo mire con toda la seriedad de la que fui capaz (no me salía muy bien esa mirada, porque tenía los ojos muy grandes y siempre parecía que estaba contenta) - No pienso hablar contigo – dije resentida – Por tu culpa la señora se ha enfadado conmigo. -Oh, esa señora es una necia. Alguien tenía que hacérselo saber.
- ¿Qué te pasó? ¿Por qué sigues aquí? – Pregunté, pues mi curiosidad podía más que mi enfado. Álvaro de León arqueó las cejas y movió graciosamente los morros, como si fuera a revelar un antiguo secreto que había permanecido oculto mucho tiempo.
- Verás…Fue mientras actuaba. Rodrigo, otro buen actor de mi compañía, y yo estábamos enfrentados por…por culpa de una mujer. Lo puedes ver en aquel retrato de allí, en el de la derecha – Señaló un cuadro con un marco grueso de color dorado, en el que se podía ver a un hombre con las facciones muy serías y duras, algo más mayor que Álvaro de León, y con el pelo muy blanco.
- Fue una traición, el acto cobarde de un desalmado. Me clavó un cuchillo cuando finalizábamos la función.
Miré al fantasma horrorizada. Realmente era una tragedia, como los cuentos que me relataba mi madre sobre espíritus desolados que no encontraban su redención por culpa de una muerte inesperada y temprana. Como esas almas que vagaban solitarias en busca de respuestas, e incluso a veces de venganza.
- Así que, desde entonces, me siento todos los sábados en la butaca libre y disfruto de todas las obras que ya no podré representar.
Sin darme cuenta, el reloj ya marcaba más de las ocho y media, y eso quería decir que el teatro había cerrado sus puertas hasta la mañana siguiente, que vinieran a limpiar.
En un abrir y cerrar de ojos, del que yo no fui consciente, la gente había desaparecido dejando el vestíbulo tan solo que resultaba frío e incómodo, como si una nube de desamparo se los hubiera tragado para retenerlos en algún lugar extraño, lejos del calor humano.
Álvaro de León también se había ido. Me había dejado sola en aquella maraña de desamparo.
- ¡Todo es por tu culpa! – Grité a la nada sabiendo que el fantasma podía escucharme desde algún lugar.
Corrí hacía la puerta principal y agarré sus enormes pomos con el pensamiento de que no podían estar cerradas, de que era imposible que me hubieran dejado allí sola. Pero no solo era posible, era una realidad.
Apoye mi menuda espalda en la doble hoja de la puerta principal y suspire aliviada al ver que al menos no habían apagado las luces.
Entonces, por el rabillo del ojo, vi como una sombra se deslizaba rápidamente por la puerta que daba a la sala de butacas. ¿Sería algún trabajador del teatro? Esperanzada, fui corriendo hacía la sala mientras mis zapatos resonaban por el mármol como si fueran agudos tambores. 
- ¿Hola? – Grité mirando a todas partes sin ver a nadie - ¿Hola? Me he quedado encerrada ¿Podría abrirme?
- Ja, ja, ja. Eso te pasa por hablar con quien no debes, niña. La voz parecía venir de detrás del escenario, justo donde se colocaban los actores entre escena y escena.
- ¿Quién es? – Pregunté con los ojos entornados y el ceño fruncido.
- Tu salvación – Esta vez, la voz vino de mi espalda…
Me volví, no muy sobresaltada pues empezaba a acostumbrarme, y vi a un hombre de mediana edad, con el pelo blanco y la piel del rostro sonrojada. Enseguida me acorde del retrato de Rodrigo que me había enseñado Álvaro de León. Era el, sin duda. Pero lejos de asustarme, le planté cara valientemente y le apunte con un dedo acusador que se movía amenazante.
- Ya sabía yo que tu también andarías por aquí… - Dije en un tono braveador. - ¿También moriste actuando?
El fantasma de Rodrigo movió la cabeza como si estuviera indignado y a la vez sorprendido por mis palabras.
- Pero que jovencita más insolente… ¡Nada de eso! He visto como hablabas con el traidor y como te creías sus mentiras, porque…- Se agachó para quedar a mi altura y bajó el tono de voz - …Fue el quien me asesino mientras actuaba…Bueno, en realidad nos asesinamos los dos. Estaba harta de aquella situación, harta de escuchar los cuentos de unos fantasmas aburridos que se habían encerrado en un teatro y que se dedicaban a tirar los sombreros de las señoras para que luego me culparan a mí. Tenía que acabar con ello cuanto antes. Tenía que salir de allí. - ¡Todo fue por tu culpa, Rodrigo! – Ahora era Álvaro de León quien gritaba desde el escenario. – Tu temperamento nos llevo a la tumba.
- ¿Mi temperamento dices? Tú me clavaste el cuchillo y yo me defendí.
Mientras ellos discutían acaloradamente, aproveche para alejarme de allí con unos pasos sigilosos, lentos y difíciles de detectar.
Rápidamente, más de lo que pensaba, llegue al vestíbulo y me dispuse a correr hacía la puerta principal, acordándome de que había un pequeño timbre en la parte superior que podía pulsar para que me escuchara alguien.
- ¿A dónde vas?
Álvaro de León apareció de la nada para cortarme el paso a tan solo un par de metros de la puerta.
- Si ¿A dónde vas?
Rodrigo se presentó detrás de mí.
Mi momentánea valentía estaba empezando a desaparecer por momentos. Ya no me sentía harta de la situación, sino más bien asustada. - Me voy a mi casa. Ya es tarde.
Álvaro de León se rió sonoramente, como lo hacen los actores malos cuando están apunto de culminar una terrible acción.
- Querida, ya no puedes volver a casa. Ahora tienes que quedarte aquí, con nosotros. Has de descubrir quien de los dos tiene razón. Rodrigo asintió con la cabeza apoyando la moción. - No, yo no puedo quedarme…
- Claro que puedes, y lo harás porque ya no hay marcha atrás. Te unirás a nosotros y decidirás quien tiene razón. Necesitamos a alguien que lo haga y tu te has sentado al lado de la butaca catorce, por eso te hemos elegido.
Mi pecho palpitaba rápidamente y sin descanso, intentando bombear toda la serenidad que fuera posible, pero aquella era una tarea demasiado difícil. Los dos fantasmas se acercaban a mí como los lobos se acercan a su presa, acechantes, hambrientos, con sus garras preparadas para atacar en cualquier momento… El ruido de los aplausos me hizo dar un brinco y me arranco de la butaca haciendo que mi corazón latiera con una fuerza inusual. Mire desorientada a todas partes y tarde en descubrir que me encontraba en el final de la función, con la gente levantada y aplaudiendo acaloradamente mientra gritaban “bravo”. Los actores hacían reverencias y miraban al público satisfechos.
Había sido un sueño. Todo lo había soñado. Suspiré aliviada y me dispuse a aplaudir como todos los demás para disimular mi descarada siesta. Y mi alegría fue en aumento, cuando vi delante de mí a la mujer pluma pronunciando palabras inaudibles en el oído de su marido.
Salimos de la sala a trompicones y llegamos al vestíbulo en medio de una avalancha de susurros incontenidos y de críticas severas. Esta vez si me fijé en la decoración, y no dude en disfrutar de ella sin el temor de que alguien me señalara con el dedo. Pude ver también, en el rellano de la puerta principal, como mi madre me esperaba de brazos cruzados y esbozando una media sonrisa que le iluminaba el rostro. Cuanto me alegré de verla…
- ¿Adónde vas?
Aquella voz… Aquel tono meloso… Me volví lentamente esperando que algún espectador se estuviera dirigiendo a mí, o que alguna persona conocida me hubiera reconocido en el vestíbulo y quisiera preguntarme cual era mi dirección, pero no fue eso lo que encontré. El rostro de Álvaro de León me observaba latente, escondido detrás de la marea humana que quería salir del teatro…