23 may. 2011

La sombra





- ¿Quién eres?
La sombra no contestó. Parecía no haber escuchado la pregunta.
- ¿Por qué me sigues?
A pesar de que Ismael se había detenido al advertir que la sombra le seguía, no consiguió arrancar sonido alguno de aquel oscuro espectro. Tan solo silencio…
- ¿Quién eres? – volvió a preguntar.
Esta vez, la extraña sombra se enfrentó a Ismael, enseñando un rostro vacío que parecía observar los movimientos de su interlocutor.
- Llevo siguiéndote toda la vida – dijo el espíritu en un susurro carente de emoción – Yo soy la muerte.
Ismael quedó horrorizado ante aquella revelación.
- Sin embargo – continuó diciendo la sombra – tú nunca has sido consciente de mi presencia. Aún así, siempre he estado ahí, siempre te acompañaré a donde quiera que vayas, porque tu vida no es más que mi comienzo…

10 may. 2011

Un deseo para Linda






No es fácil escribir un sueño en una estrella. Hay que mirarla fijamente, sentir su calor aunque millones de años luz te separen de ella, advertir como su destello cambia de intensidad cuando titila, y por último, cerrar los ojos y pensar en un deseo de origen honesto y puro.
No es fácil, porque las estrellas albergan demasiados sueños que, caprichosamente, van repartiendo por el universo dejando un rastro de ilusión en mundos que ni siquiera imaginamos. Es como un envío de esperanzas en cadena, como un correo infinito cuyo acuse de recibo nunca nos termina de llegar. Se trata, sin duda, de una misiva cuyo destinatario se convierte en aquello que más anhelamos: un ser querido que hemos perdido, un ángel de la guarda que creemos tener, un dios que nos protege, un amigo invisible que nos acompaña en nuestra vida… Nuestra plegaria se transforma en la esperanza de ser escuchados por alguien que nos cuide, que vele por nosotros. Por eso, Linda, cada noche se deleitaba con el mismo ritual. Abría la ventana de su pequeña habitación, asomaba medio cuerpo en la oscuridad, y alzaba sus ojos hacía las estrellas, que, traviesas, le hacían un guiño cuando la veían aparecer.Linda siempre pedía el mismo deseo, sin embargo, nunca hablaba con la misma estrella. Llevaba muchos años conversando con los astros y sabía distinguirlos por su tamaño, su forma, o su manera de brillar, e incluso les había dado nombres. No era tarea fácil, pero Linda tenía un don especial.
Una templada noche de primavera, en la que las flores dormitaban coloridas a la espera de un brillante sol bajo el que cobijarse, la ventana de Linda se abrió lentamente, dejando entrar una suave brisa que empezó a juguetear alegre con las cortinas. Los grillos cantaban a la majestuosa luna, y parecían querer dar música a un baile improvisado que el viento había decidido dar aquella noche.Una tierna caricia despertó a Linda, que abrió sus ojillos de color gris para ver que la ventana se había abierto a causa del aire. Siempre la dejaba bien cerrada, pues temía resfriarse, a pesar de que hacía calor, y le extraño que aquella tenue brisa pudiera haber empujado los fuertes cierres de la ventana de su cuarto.Se levantó, no sin un poco de esfuerzo, y se sentó sobre su cama para admirar desde allí a su estrella favorita: Venus, la que más brillaba. Era un espectáculo ver como su luz envolvía el cielo.
De repente, como si de un sueño se tratara, una de las pequeñas estrellas que titilaba intensamente cada noche, empezó a acercarse a la ventana de Linda. Semejaba a una luciérnaga que cada vez se hacía más grande y más luminosa.La estrella entró en la habitación, y durante unos segundos, se quedó suspendida en el aire mientras se entretenía con un suave balanceo. Luego, se hizo más grande, y de ella apareció un joven muy bello, de cabellos dorados, que bestia un traje blanco adornado con una singular pajarita verde.
- Hola Linda – exclamó alegremente el muchacho. – Soy Orión, y me pediste un deseo hace mucho tiempo… ¿Lo recuerdas?
Linda sonrió y terminó de levantarse de la cama.
- Claro que me acuerdo, tu eres la primera estrella a la que hable. Yo te puse ese nombre… - Y se llevó las manos al rostro, visiblemente emocionada.
Orión, se retocó la pajarita y tomó la mano de Linda con mucha suavidad. Parecía tener entre sus manos, una reliquia de cristal.
La estrella llevó a Linda hasta la ventana, y sin soltarla de la mano, empezaron a volar muy alto, cada vez más alto.
Podían distinguir como las luces del pueblo se iban apagando lentamente. Podían ver como las nubes, ahora ocultas en la oscuridad de la noche, se iban alejando poco a poco, hasta que sólo quedo cielo, un cielo puro y limpio… Un cielo estrellado.
Linda se encontraba volando entre hermosas nebulosas, gigantescas galaxias e inexplorados planetas. De la mano de Orión, recorrían estrellas que los saludaban al pasar, veían constelaciones que se esforzaban en abrazarlos y tocaban la cola de juguetones cometas que revoloteaban por doquier.
- Ya no volverás a estar sola – Le dijo Orión mientras apretaba su mano.Tanta belleza y tanta paz hicieron llorar a Linda.

Roxana había llegado aquella mañana temprano. Cuando entró en la habitación de Linda, se encontró con lo que tarde o temprano sabía que iba a llegar.Linda tenía ochenta y tres años y un espíritu delicioso. Todos los días se arreglaba su pelo castaño, casi libre de canas, y salía a pasear por el jardín con la ayuda de un bastón. Tenía un hijo, pero a penas venía a verla, y Roxana sabía que, aunque Linda era una mujer muy alegre, se sentía muy sola.Cuando vio el cuerpo inerte de la anciana, con una sonrisa feliz que se dibujaba en su rostro, supo que ya no estaba sola. Estaba segura de que Linda había conseguido su deseo, allá donde estuviese.Se aceró a ella y le tomó la mano con mucha suavidad. Aún parecía estar viva…Entonces, al mirar de reojo por la ventana abierta, advirtió como una estrella fugaz atravesaba el cielo, dejando tras de sí una estela de luz dorada. Roxana no sabía que esa estrella era Linda, no sabía que volaba feliz por el firmamento de la mano de Orión, y no sabía que otras pequeñas estrellas velaban por los sueños de mucha gente que aún creía en la magia.