9 jul. 2012

La huida


Rene Magritte


El gélido frío de la noche me helaba los huesos; traspasaba mi ropa como afilados cuchillos desgarrando la débil tela.
La niebla, cada vez más baja, borraba mis pasos empeñada en ocultar mi presencia, mi huella… Pero no lo conseguiría, pues mis zancadas eran rápidas y largas y su espesura no podría conmigo.
Aquella noche se me antojaba lúgubre y distante. Parecía no querer a nadie paseando bajo su manto de estrellas, como si rechazara cualquier presencia ajena a ella. Sin duda, se había vuelto antipática.
Pero lo más inquietante era una extraña sensación que me había invadido desde hacía unos poco minutos. Alguien me seguía, y no era la niebla ocultando mi camino…
Sentía unos pasos acechándome, detrás de mí, en algún lugar dentro de la oscura calle que tenía que atravesar para llegar a mi apartamento.
Me di la vuelta, oteando a través de la espesura, pero no vi a nadie. Definitivamente, estaba solo.
Seguí mi camino, pero sin darme cuenta, había acelerado el paso y mi corazón parecía estar más alerta.
De nuevo, unos pasos intentaban alcanzarme, me seguían de cerca. Paré de repente y me giré con la intención de ver a mi perseguidor… Esta vez estaba allí, a pocos metros de mí. Un hombre alto, con una capa cubriendo su cuerpo y un sombrero de copa sobre su cabeza. Pero la oscuridad ocultaba su rostro…
Asustado, comencé a correr sin importarme que la niebla devorase mi cuerpo. ¿Quién era aquel espectro? ¿Qué quería?
Tropecé con mi capa y caí de bruces al suelo perdiendo el sombrero, que salió rodando hacía la oscuridad.
 Más que dolor, sentí pánico al darme cuenta de que el hombre me había alcanzado.
-¡No! – grité desesperado.
La sombra oscura permanecía de pie, a mi lado, mirándome con una sonrisa burlona en su rostro. Me estremecí al percatarme de que el espectro que me perseguía era yo mismo.
-¿Por qué huyes de ti mismo? – Preguntó entre risas – ¿Acaso tienes miedo de ser quién eres?...
La sentencia me dejó helado, pues supe que nunca podría escapar de mi perseguidor.