6 nov. 2013

Mi querida Nostalgia





Su rostro siempre estaba triste, ausente; con los ojos perdidos en algún lugar del horizonte. Nunca sonreía, y si lo intentaba, las lágrimas se apresuraban a galopar por sus mejillas hasta caer sobre su pecho.
No había nada que pudiera hacerla feliz. Por muchos momentos alegres que viviese, ella siempre lloraba sin ninguna razón. Sollozaba en la penumbra sabiendo que nunca encontraría consuelo en un cielo azulado o en una noche bañada de estrellas fugaces.
Era como una maldición adherida a su espíritu.
Y aquella desconsolada niña, que junto a mí se convirtió en mujer, me acompañaba allí a dónde quiera que fuese. Siempre estaba conmigo, a mi lado. Me agarraba de la mano y a veces e incluso me abrazaba con fuerza.
Era mi compañera, y aunque a mí no me gustaba su tristeza, sentía que no podía dejarla sola.
No hablaba mucho y no sabía mucho sobre ella, a pesar de que siempre la había conocido, sin embargo, en un intento de explicarme quién era, me dijo que se llamaba Nostalgia y que nunca podría dejar de ser mi amiga.
 

11 jul. 2013

El amante

Gustav Klimt



La verdad estaba en sus ojos. Alejandro podía verlo a través de sus dilatadas pupilas, pero no se atrevió a decir nada. Suspiró y agachó la cabeza.
Cloe sonrió. Sus labios se estiraron haciéndose aún más rojos. Alargo la mano e intentó acariciar el rostro de Alejandro, pero él se apartó.
Los dos desviaron su mirada hacia la nada.
Mientras, en la calle, al otro lado de la ventana de la cafetería, un hombre observaba la escena bajo el imponente sol de verano.
Ellos no sabían quién era él, pero él si sabía quién eran ellos…
Alejandro tomó un sorbo de su café, y pensativo posó de nuevo sus ojos en Cloe.
-Está bien… - susurro – No hay nada más que hablar.
El hombre se acercó un poco más a la ventanilla del bar.
Cloe no sabía qué decir. Ya había mentido demasiado e intuía que Alejandro no la creía, así que, cogió su bolso, se levantó y se despidió de su hermano.
Cuando salió a la calle, no se percató de la presencia del hombre. Siguió su camino con prisa, aporreando el suelo con sus tacones.
El hombre aguardó a que la figura de Cloe desapareciese entre las calles.
Alejandro, consternado, no entendía por qué su hermana le mentía sobre la muerte de Irene. Su mujer no estaba sola cuando tuvo el accidente, como ella insinuaba.
El hombre entró en la cafetería. Echó una rápida mirada a Alejandro y de dirigió a la barra, dónde pidió un café con hielo.
-¿Me cobra ya, por favor? – pidió con una voz grave. Sacó su cartera y no pudo evitar mirar la foto de Irene… El amor de su vida. Luego, miró de nuevo a Alejandro, el marido de Irene, y se sintió extraño. Tuvo la sensación de ser un loco, espiando al marido de su amante muerta, pero tenía la sensación de estar más cerca de ella.
Guardó de nuevo su cartera.
Alejandro nunca sabría que Cloe le había mentido para que no supiera que Irene no le quería, que se había enamorado de otro, y cuando murió en el accidente, estaba con él de viaje. Pero Cloe tampoco sabía quién era el hombre… Solo el hombre, sabía la verdad.

22 abr. 2013

La culpa

Claude Monet
 
Las sombras se cernían sobre su cuerpo. Intentaban agarrarle, sucumbirle, hacerle temblar de miedo… Pero la luz, aún se abría paso entre las ánimas negras.
-¡Basta! – Exclamó Deméter, revolviéndose entre los oscuros brazos que lo aprisionaban
– Aún no he sido juzgado.  
Las sombras se rieron, parecían burlarse de sus palabras.
-Solo tú mismo puedes juzgarte. – susurró una de ellas.
Deméter consiguió zafarse de sus opresores, y en un arrebato de valentía, se enfrentó a ellos.
-Entonces me declaro inocente – sentenció.
-Pero sabes que no lo eres,  y por eso te sientes culpable…Por eso existimos nosotras.
Deméter hundió la cara en sus manos. Los remordimientos que sentía eran demasiado fuertes, demasiado intensos. Nunca lograría escapar de la culpa.
Las sombras, aprovechando su debilidad, se abalanzaron sobre él y se lo llevaron a un lugar del nunca podría salir: el remordimiento de su conciencia.



 

25 ene. 2013

Mi músico

Piano player, Beata Biegajło



Es difícil relatar la historia de un músico. Vidas complejas, rebosantes de emociones desando ser impresas en una partitura. Sentimientos prohibidos, felices y amargos, que nos llegan a través de las notas de un piano, de un violín, de un arpa, de un clarinete…  
Pero esta es la historia de un músico muy especial, es la historia de MI MÚSICO, el hombre que llena mi vida con una melodía muy especial: la del amor. 
Mi músico es pianista. Todos los días se enfrenta a si mismo a través de un elegante piano de pared. Se desnuda, aunque con vergüenza, para mostrar la esencia de su vida, para sentirse libre, para hablar con el universo… Y el universo le escucha.
Pasea sus dedos por la superficie de un teclado que se convierte en su vehículo, en su modo de expresión, en su alma.
Recorre partituras, conversa con las teclas, oye con el espíritu…
Él aún no lo sabe, pero es un GRAN PIANISTA, porque mi músico crea música, la da vida, la despierta y la moldea.
Y yo me siento feliz de poder compartir su melodía, de darle la mano para caminar juntos a través de este viaje, de ser su compañera, su amiga y su amante.
Me siento orgullosa de sus logros, alegre de su alegría y triste de su tristeza; porque la historia de mi músico es también mi historia, y las estrellas, que son los ojos del universo, nos contemplan juntos, como una única nota, como una única melodía.
 

4 ene. 2013

La estación


Un lejano estruendo empezó a oírse poco a poco. Parecía una tormenta que amenazaba con descargar su furia, el dedo de un dios a punto de señalar a un culpable…
Magdalena alzó la vista y miró más allá de la vía. El tren se acercaba, llegaría en pocos minutos, y ella no sabía si estaba preparada.
Se atusó el pelo con cierto nerviosismo y comprobó que su vestido no estuviese muy arrugado. Suspiró…
El tren empezó a asomar su vieja locomotora y el estruendo se hizo aún más fuerte.
Ahí estaba…
Magdalena pudo notar como su corazón palpitaba con fuerza, y llevándose la mano al pecho esperó que sus nervios no la traicionaran.
El tren fue perdiendo velocidad y los vagones fueron pasando frente a la joven, mientras desconocidos rostros se dibujaban fantasmales en las ventanas.
Por fin detuvo su marcha. Las puertas se abrieron y de ellas empezó a bajar gente que buscaba con esperanza una cara familiar a la que dirigirse.
Unos se abrazaban, otros continuaban su camino en soledad, pero todos venían de la misma ciudad. Poco después, el eco de un silbato anunció la salida del tren.
El corazón de Magdalena dejó de latir con fuerza, y su mano se fue despegando poco a poco del pecho. 
No había venido… Él le dijo que si decidía pasar su vida con ella, cogería el tren de las 16:00… Pero no había venido, o al menos, no quiso bajarse en esa estación.