17 sept. 2014

Paseo de otoño



Las hojas no cesan de crujir bajo el peso de mis pies descalzos.
Hace frío, y la humedad de la lluvia recién caída rocía aún más el ambiente. Pero no me importa, la sensación de caminar bajo el manto de un bosque que acaba de entrar en el otoño es indescriptible, extraordinaria. Es el comienzo, quizá, de la estación más especial del año.

Mientras el canto de los pájaros empieza oírse de nuevo, una vez despejado el  chaparrón torrencial, paseo por entre los árboles que compiten por alcanzar un lugar cercano al sol, un trozo de cielo que les asegure el calor del gran Astro, y que ilumine sus ramas para bañarlas de color dorado.

El olor a tierra mojada impregna mis fosas nasales, dejando una agradable sensación de serenidad y de paz que deleita aún más el camino hacía ningún lugar, sin destino, solo buscando la esencia de un bosque encantado, teñido de hojas marrones, amarillentas y rojas que cubren un estrecho sendero natural.

Al final del camino hay un viejo banco de madera esperando a que alguien quiera descansar en él. No lo dudo, su invitación es apetecible y decido sentarme, no para reposar mi paseo, sino para sumirme aún más en la belleza otoñal de una arboleda recién rociada por la lluvia.

Cierro los ojos y la relajación es lo único que siento.