10 sept. 2015

La reflexión


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Ella lo miró con tristeza, casi con compasión, y antes de abrir la puerta para marcharse dijo:
-Tienes suerte de que Ándros sea tu padre.
Max dibujó una sonrisa en su delgado rostro. Una línea sarcástica en sus labios que acompañó con un lento parpadeo.
-¿Por qué? ¿Crees que es un padre ejemplar?
Los ojos de la mujer se humedecieron, aunque solo ella pudo notarlo.
-… Porque sigue vivo. – contestó, marchándose después mientras cerraba la puerta tras de sí.
Max no tuvo tiempo de replicar, y de haberlo tenido, no habría sabido qué decir.
Después miró hacía la camilla donde se encontraba su padre, que, haciéndose el dormido, pudo escuchar la conversación entre su hijo y la joven alumna que había ido a visitarle: Marga.
Pero lo que él no sabía es que Marga, que asistía puntualmente a sus clases de literatura, había perdido a su padre hacía ya diez años.

Marga no sabía si Ándros era un padre ejemplar o no, y pensó que aquello no importaba, que lo único que valía la pena es que siguiera vivo, y que su hijo pudiera abrazarlo de nuevo.
Aquello le tocó el corazón, pues Ándros le recordaba a su padre, y quizá por eso sentía un cariño especial hacia aquel hombre al que apenas conocía.
Su padre no tuvo otra oportunidad y Ándros sí, y por eso, Max debería sentirse afortunado.
Pero Max no tenía la relación que Marga tuvo con su padre, y a veces, el amor, es difícil de mostrar, pues un solo paso puede separarte  de él.

Ándros, que seguía haciéndose el dormido, se preguntó si su hijo había ido a verlo por obligación, o si realmente quería estar allí, a su lado, viendo como la decrepitud de la vejez empezaba a pasarle factura.

Pero el caso es que todo aquello daba igual. No importaba si Max quería a su padre o no. Lo único que tenía relevancia, pensó Marga, es que Max tenía otra oportunidad para estar con su padre.


15 abr. 2015

La fórmula de la realidad


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¿Qué es la realidad? ¿Quién puede describirla? ¿Alguien la ha encontrado?

Sentado en una sencilla cama de muelles, ubicada en el centro de una fría habitación, se encontraba Carlos.
Carlos era un hombre joven, atractivo cuando se encontraba bien y no sufría ataques de pánico. Era alto, con el pelo siempre despeinado y un brillo de tristeza en sus ojos que nunca desaparecía… Ese era su “sello”, pues en el centro le conocían como “el ojos tristes”.
No era un hombre especial, no despertaba demasiado interés en la gente y no solía llamar la atención. Era tan solo uno más en aquella comunidad humana de la que tristemente formaba parte desde hacía varios meses.
Carlos se hacía muchas preguntas, preguntas tormentosas de las que intentaba, en vano, encontrar una respuesta. Pero ¿Quién no se hacía preguntas alguna vez? Solía pensar él ¿Tan extraño resultaba? Quizá sí, porque, esta sociedad no estaba hecha para hacerse preguntas.
Cuando la mente de Carlos pensaba, entraba en una turbulenta lucidez que en ocasiones le hacía sentir miedo, miedo a encontrar una realidad que todo el mundo desconocía. Por ese motivo, se negaba a creer que existiese una única realidad, pues ¿No era la realidad una percepción? ¿Una imagen construida al gusto de cada uno?
Eso era lo que solía preguntarle a su médico, pero su médico no tenía una respuesta, pues él aún estaba lejos de entender nada, ya que su mente, como la de la mayoría, solo veía lo que tenía ante sus ojos.
Carlos quería encontrar a alguien que le ayudase a encontrar la fórmula de la realidad, y por eso solía pasear por los jardines del centro preguntando a todo el mundo si quería marcharse con él a buscar la realidad. Siempre le decían que no, y Carlos, incapaz de hacer ese viaje solo, se derrumbaba en su tristeza.
Sin embargo, un día, entró en el centro una nueva enfermera que cubría el turno de la mañana, justo antes de la comida del medio día.
Era una mujer joven, no muy guapa, pero con una gran sonrisa que le hacía muy atractiva. Se llamaba Miranda y se hizo amiga de Carlos en pocos días.
Una de esas mañanas, en la que el sol brillaba de una forma especial, Carlos le preguntó si quería ir con él a buscar la realidad.
Miranda le miró sonriente, le agarró de la mano y le susurró al oído:
Querido Carlos, ya la has encontrado.
Y desde entonces, Carlos, dejó de sufrir ataques de pánico y dejó de estar triste, pues supo entonces que la irrealidad se encontraba en los demás.

23 ene. 2015

Un ángel posado sobre mi hombro


Alexis


Sin quererlo, sin saberlo, se ha dejado caer del cielo un pequeño trozo de estrella que volaba libre entre infinitas galaxias de lejanos paisajes espaciales.
Un pequeño hombre, de gran corazón y de valiente espíritu, camina ahora por un mundo tan maravilloso como hostil, por tierras tan vivas como ruinosas, por experiencias tan dulces como amargas.
Un hombre, un protector, un ángel que aún guarda los secretos de la vida y los misterios de la muerte, pero que con el tiempo, como nos sucede a todos, perderá ese conocimiento para dejarlo enterrado en algún lugar de su inquieta mente.
Un poeta, un pequeño poeta qué llenará su vida de bellos versos que recitará para el mundo, pues el mundo le ha estado esperando y está listo para escucharle.
Abrazado a mi cuerpo y con su cabeza posada sobre mi hombro, me pierdo en la mirada de unos ojos azules que reflejan toda la sabiduría de quien aún no sabe nada.

Es el espejo de un ángel, un pequeño ángel que, caído del cielo, ha venido a parar a mis brazos, para que, más que enseñarle yo, puede enseñarme él a mí.